Cristianismo

Durante el imperio de César Augusto nació en Palestina Jesús, que se proclamó hijo de Dios. Su predicación y crucifixión estaban destinadas a imprimir un nuevo rumbo a la historia religiosa de Occidente.

Hacia el año 33 de nuestra era, bajo el dominio del emperador Tiberio, Jerusalén era una importante ciudad de Palestina, en la periferia del Imperio romano (ver Historia de Roma), incluida en la provincia de Siria. Al igual que en los tiempos del rey David, sus habitantes y todos los judíos la consideraban la capital, pero sobre todo la Ciudad Santa, el lugar de la presencia divina en el Templo (ampliado y suntuosamente embellecido por Herodes el Grande), desde donde las oraciones llegaban directamente a los oídos de Dios. Situada en una posición geográfica equidistante de las ciudades portuarias de la costa mediterránea, era el centro comercial más importante de la región.

Cristianismo

Durante las grandes festividades de la Pascua y las Semanas (Pentecostés) se llenaba de peregrinos procedente de todo Israel y también de las comunidades judías residentes fuera de Palestina (diáspora), que acudían a ella para asistir a los ritos solemnes que se celebraban en el Templo. Diez años después de la muerte de Herodes, ocurrida en el año 4 a.C., los romanos habían establecido como gobernadores de la región de Judea, a la que pertenecía Jerusalén, a los prefectos, que posteriormente fueron llamados procuradores. Éstos, aunque subordinados al legado de Siria, residente en Damasco, disponían de una amplia autonomía militar, jurídica y financiera. Habitualmente residían en una ciudad de la costa, Cesarea, pero con ocasión de las festividades religiosas se trasladaban a Jerusalén, acompañados de una fuerte escolta armada, a fin de prevenir las revueltas y garantizar el orden. En efecto, la situación no era tranquila: con frecuencia estallaban disturbios y algaradas a duras penas contenidos. Los judíos consideraban que los romanos paganos eran unos usurpadores, y éstos, a su vez, tenían a los judíos por súbditos poco fiables y peligrosos, con extrañas costumbres religiosas, fuente de interminables discusiones y polémicas. A fin de evitar los motivos de enfrentamiento, Roma había tolerado que siguiese existiendo el Sanedrín, el máximo tribunal religioso judío, presidido por el sumo sacerdote y constituido por los seguidores de los movimientos religiosos más tradicionales y representativos, los fariseos y los saduceos, con sus escribas y teólogos.

En este estado de cosas, el procurador en funciones en el año 26, Poncio Pilatos, que ya había revelado su carácter cínico y violento al provocar de manera reiterada a los judíos con un comportamiento ofensivo y brutal, se encontró entre las manos con el caso de Jesús de Nazaret. Éste era considerado un subversivo que se hacía pasar por el Mesías, el Ungido del Señor, el Enviado de Dios, y que desafiaba la autoridad de Roma. Pilatos, presionado por el Sanedrín, condenó a muerte a Jesús, y a otros con él. Sin embargo, en los círculos restringidos de sus discípulos y simpatizantes, mal vistos por los jefes del judaísmo, se difundió el rumor de su resurrección. Había sido visto repetidas veces por las mujeres de su entorno, por discípulos atemorizados y por parientes: "Que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales todavía la mayor parte viven y otros murieron. Luego se apareció a Santigo; más tarde a todos los apóstoles" (1 Cor 15, 4-7). La derrota de la cruz se había convertido en certeza de la gloria de Jesús, de su elevación a "la derecha de Dios". Sin embargo, el comportamiento de esos discípulos no difería del resto de los judíos: observaban las prescripciones de la Torá de Moisés, la Ley del Sinaí, respetaban el descanso del sábado, acudían al Templo a decir sus oraciones, recitaban de pie las Dieciocho bendiciones y frecuentaban las sinagogas. "Todos los creyentes vivían unidos y tenían todo en común; vendían sus posesiones y sus bienes y repartían el precio entre todos, según la necesidad de cada uno" (Hch 2, 44-45). Sus frecuentes reuniones conservaban las características formales típicamente judías, pero tenían un contenido nuevo. La gran armonía que los unía se expresaba en la celebración comunitaria de una comida "en recuerdo" de Jesús, el crucificado, ahora el Señor resucitado: "Acudían al Templo todos los días con perseverancia y con un mismo espíritu, partían el pan por las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón" (Hch 2, 46). En esta pequeña experiencia, oculta y paradójica, se estaba preparando el destino de la civilización occidental.

- Historia del cristianismo


Fuentes históricas del cristianismo
Jesús de Nazaret, el Cristo
La primera comunidad cristiana
Vida de San Pablo
. Cristianismo e Imperio romano
. El Edicto de Milán
. La doctrina gnóstica
. El debate teológico. Ortodoxia y herejía
. El monacato
. Medioevo y cristiandad
. Las cruzadas