martes, 4 de febrero de 2014

Medioevo y cristiandad



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Durante toda la alta edad media, en la Europa agitada por los grandes movimientos étnicos y políticos que parecen a punto de acabar definitivamente con las creaciones culturales de Grecia y Roma, los monasterios asumen una labor importantísima de salvaguarda y de continuidad con el pasado, preparando al mismo tiempo las bases de la nueva civilización que nacerá de aquel crisol. Lo que es esta civilización lo expresa un término que comienza a afirmarse en el siglo IX, por iniciativa del papa Juan VIII, y que de manera progresiva irá extendiéndose hasta hacerse común a comienzos del siglo XI: cristiandad.

Iglesias y medioevo
Ábside de San Apolinar in Classe, en Ravena: la iconografía del interior de las iglesias tenía por finalidad enseñar al pueblo los principales contenidos de la revelación cristiana.

- Evolución del término "cristiandad"


La palabra cristiandad, que había sido usada hasta ese momento en un sentido abstracto para señalar el hecho de ser cristiano o actuar como cristiano, evolucionó hacia el significado concreto de comunidad humana, de sociedad temporal. En un sentido amplio indica el conjunto de individuos que han aceptado la doctrina de Cristo; en sentido estricto, es la sociedad de los cristianos que viven sobre la Tierra y persiguen objetivos bien definidos. Así pues, la cristiandad es un pueblo, una "nación", una comunidad que no tiene necesariamente vínculos con un preciso contexto geográfico, en el interior de la cual todos sus miembros se reconocen solidarios por la común fidelidad a Cristo. Es una sociedad en la que todas las desigualdades deben -o deberían- resolverse en armonía y en la que el bien común se coloca -o debería colocarse- muy por encima del interés de los individuos aislados.

+ ¿Es posible identificar la cristiandad con un territorio definido?


En principio no, porque el mensaje de Cristo es universal y tiende potencialmente a llegar a todos los hombres. En la realidad concreta, en las situaciones históricas, su área corresponde a los lugares en donde viven los bautizados. Ni siquiera las divisiones provocadas por los cismas y las herejías logran borrar el sentimiento de solidaridad que se desprende de esta convicción. Esto se ve claramente cuando los papas de Roma piden ayuda para auxiliar a los griegos amenazados por los turcos, a pesar de las controversias continuas que les enfrentan a los patriarcas de Constantinopla. Aun los más lejanos grupos de cristianos heréticos, perdidos en el corazón de Asia o entre los macizos de Etiopía, son sentidos como hermanos por los miembros de la cristiandad. Y un típico, aunque tardío, representante de la nación cristiana, Luis IX, rey de Francia (muerto en Túnez el 25 de agosto de 1270 durante la última cruzada), llega incluso a enviar embajadores a los mongoles cristianos nestorianos. La idea de la cristiandad inspira en los bautizados el sentimiento de su unidad profunda y la convicción de una común solidaridad. Además, proporciona una explicación acabada acerca del sentido de la vida y el esfuerzo humano. Cada uno sabe que ha sido puesto sobre la Tierra por el propio Dios, que le ha confiado una misión precisa que cumplir en orden a un objetivo. Por eso tiene la seguridad de colaborar en una gran obra que va más allá de los límites personales; en la construcción de un mundo, siguiendo los planes de Dios. El universo, en efecto, aparece como un vasto conjunto, previsto y ordenado por Dios omnipotente, en el que nada puede ser absurdo y vano. La conciencia y la confianza de poder aplicar los recursos de la ratio (razón) a los distintos campos del saber, incluida la propia fe, estará en el origen de la Escolástica, conjunto de teología y filosofía, y en la base del armonioso edificio de la inteligencia que será la Summa theologiae de Tomás de Aquino. Para la sociedad humana, tener una meta y una función precisas es uno de los máximos coeficientes de cohesión y fuerza. Esa grandiosa unidad durará casi tres siglos, hasta el umbral del Renacimiento, cuando se verá obligada a dejar paso a las nuevas concepciones laicas y nacionalistas que presidirán el nacimiento de la Europa moderna.

- Europa en el siglo X: cristianizada


Hacia el final del siglo X, Europa aparece totalmente cristianizada. Desaparecida la amenaza de las invasiones bárbaras (el peligro turco pesa sólo en Oriente), la Iglesia ha desplegado un enorme esfuerzo para oponerse al nacimiento de una sociedad eminentemente guerrera, y ha triunfado en su intento gracias a la notable influencia del monacato. La anarquía feudal, resultado de la disolución del imperio carolingio, ha sido sustituida por un aceptable equilibrio político y social, fundado en una estratificación social que se basa esencialmente en el pueblo, que trabaja y produce; en la nobleza guerrera, que gestiona la organización política, y en el clero, que tiene en sus manos el poder espiritual y la cultura. Este sistema lleva en sí la semilla de la llamada "revolución urbana", iniciada en la primera mitad del siglo XII y que tendrá un desarrollo prodigioso, ligada como está a la imparable expansión de los municipios, fruto a su vez del florecimiento de las ciudades, donde se afirma una burguesía mercantil cada vez más emprendedora y poderosa, que transforma las urbes en centros de individualismo, de libertad de derecho. Desde Hamburgo los misioneros cristianos se lanzan sobre la Escandinavia pagana y llegan, con los vikingos, a Islandia y Groenlandia. Hacia el este, la cristiandad alcanza el Volga y el mundo eslavo de la Europa central.

En el interior de las nuevas fronteras trazadas por la expansión islámica también existen numerosas islas cristianas. En España los pequeños reinos cristianos del norte resisten los asaltos musulmanes. En Sicilia sobrevive la Iglesia melquita; la copta, en Egipto y Etiopía. La Iglesia nestoriana, que desde Bagdad domina Mesopotamia y Persia, envía a sus misioneros hasta China y los lejanos mongoles.