viernes, 20 de diciembre de 2013

El monacato



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A partir del siglo III d.C. fue cada vez más poderoso el deseo de una vida auténticamente evangélica, integral y radical, apartada de los numerosos estímulos susceptibles de corromperla. Las figuras episcopales, aunque grandes y dignas de respeto por lo que representaban, tendían a asimilarse a las autoridades civiles en sus maneras y actitudes, y a ejercitar un poder no exclusivamente espiritual. Las ciudades, ya mayoritariamente cristianas, con su caos, sus preocupaciones, su opulencia, parecían no corresponder al ideal de unión con Dios representado por el modelo de Cristo. ¿Dónde encontrar una alternativa?, ¿un lugar que estuviese al mismo tiempo lejos de la disipación y cerca de Dios?, ¿un lugar pobre, esencial, solitario?

Monacato monasterio
Claustro de un monasterio: la vida monástica se funda en la promesa de los tres votos de castidad, pobreza y obediencia, dirigidos a la imitación de la vida de Jesús.

Algunos hombres se dirigieron a los desiertos de Egipto (Nitria y Escete), Siria y Palestina. Lo que el desierto sabía evocar pertenecía desde siempre a la tradición bíblica: "La llevaré al desierto y hablaré a su corazón", había dicho el antiguo profeta Oseas, y el propio Jesús, antes de su predicación pública, había marchado al desierto, movido por el Espíritu Santo y tentado allí por el demonio. El desierto se convertía en el lugar de la tentación, de los demonios de la "carne" y de las "pasiones", derrotados los cuales podía nacer un hombre nuevo, reconciliado con Dios, "uno" con él.

La palabra "monje" significa efectivamente esto (deriva del griego mónos): "uno", porque el monje huye del mundo y vive solo en un lugar apartado, y "uno" porque busca la unión con Dios, el Absoluto. Los primeros monjes eran "eremitas" (del griego éremos, desierto) o "anacoretas" (del griego anachorésis, retiro) que vivían solos, entregados a la oración y la ascesis. El primer monje del que tenemos noticias (transmitidas por Atanasio de Alejandría) y que es considerado el "padre" del monacato, fue Antonio, que vivió en Egipto entre 251 y 356. La experiencia monástica atrajo rápidamente a muchos seguidores. Agrupados en torno al maestro espiritual, el abbas ("padre", en sentido espiritual; abad), fueron, al menos en un comienzo, laicos. Posteriormente, la necesidad de un mutuo apoyo espiritual y la obligación de reunirse para la vida litúrgica y sacramental condujeron a la fundación de monasterios que, pensados y construidos para la vida en común, dieron origen al cenobitismo. Pacomio (292-346) y Basilio (329-379) en Oriente, Benito de Nursia (480-547) y el irlandés Patricio (h. 390 - h. 460) en Occidente, elaboraron reglas, es decir, códigos de vida que transformaron las comunidades monásticas en centros extremadamente activos de vida espiritual e intelectual y de las más variadas actividades manuales.