jueves, 19 de diciembre de 2013

El debate teológico. Ortodoxia y herejía



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El primitivo evangelio cristiano no tuvo necesidad de sistemas doctrinales complejos a los cuales confiar su propia difusión. Surgido en el interior de la tradición religiosa y cultural del judaísmo, empleó términos y conceptos tomados preferentemente de la Biblia judía y los aplicó a Cristo. Sin embargo, las diferentes interpretaciones del Kerygma (es decir, del anuncio de que Cristo es la salvación del hombre), ya aparecidas a partir de la época de Pablo, abrieron un debate teológico que hizo necesario que paulatinamente se adoptasen posiciones, precisiones, definiciones de los contenidos de la fe. Naturalmente todos los protagonistas y las partes implicadas en estas discusiones tenían la pretensión de referirse a Cristo y de interpretar fielmente su voluntad y enseñanzas, pero las opiniones con frecuencia divergentes, de las que luego derivaron también diferentes comportamientos, no podían dejar de crear desorientación y ansiedad. Entre tanto, la apertura del cristianismo a la cultura griega estaba dando lugar al abandono de un modo de expresar la fe según los cánones semíticos, y a la incorporación de las categorías helenísticas.

Ortodoxia herejia

Junto al nacimiento de una "filosofía cristiana" que, aunque todavía preocupada por la defensa del cristianismo de los ataques los intelectuales paganos, se expresó adoptando el modo griego de razonar y de ver el mundo, también surgieron problemas relativos a la idoneidad de semejante operación. Entre los primeros autores que trataron de armonizar la filosofía griega con el mensaje evangélico es necesario recordar a los Apologistas y, sobre todo, a Justino (mártir en 165), que se expresaba de la siguiente manera: "No sólo a través de los griegos y por boca de Sócrates la Palabra ha dado a conocer la verdad. También los bárbaros han sido iluminados por la Palabra, revestida de una forma sensible, hecha hombre y llamada Jesucristo" (I Apología 5, 4).

Pero el primer gran fenómeno que, precisamente por ese fuerte compromiso con el pensamiento griego y religioso en general, representó un sugestivo, pero peligroso, modo de interpretar la fe, fue la gnosis (o gnosticismo), surgida en el siglo II. El término "gnosis" deriva de la palabra griega que significa "conocimiento" y alude a una particular y superior capacidad de entender el evangelio cristiano que solamente unos pocos poseerían. De hecho no es fácil definir esta corriente de pensamiento, aunque sólo sea en sus límites. No obstante, los descubrimientos realizados en 1945, en Nag Hammadi, en el Alto Egipto, han permitido conocer los libros pertenecientes a una biblioteca gnóstica y a partir de ellos reconstruir su complejo sistema de ideas. Se trata de cincuenta y un tratados, entre los cuales encontramos obras muy antiguas como el Evangelio de la Verdad, el Evangelio de Tomás y el Evangelio de Felipe. Continúa aún abierto el debate sobre los orígenes de la gnosis: algunos estudiosos los han creído descubrir en el contacto entre el cristianismo y la filosofía popular helenística; otros, en las religiones orientales; otros, en el judaísmo de inspiración apocalíptica, y finalmente hay quienes consideran el gnosticismo como un fenómeno exclusivamente cristiano. En la gnosis ciertamente confluyeron elementos de diferente procedencia y precisamente ese hecho suscitó en la Iglesia la duda y el problema de su compatibilidad con la fe.

Muchas fueron las escuelas gnósticas esparcidas por la cuenca del Mediterráneo, desde Persia hasta Galia (valentinianos, basidilianos, ofitas, setianos, naasenos). Los sistemas de pensamiento elaborados llevaron a un primer plano a diversos maestros, muy seguidos por su fascinación personal y la extensión de su doctrina. Cabe recordar a Valentín, egipcio, que vivió en Roma entre los años 136 y 160, fundador de una escuela que, después de su muerte, se dividió en dos ramas, occidental y oriental. En las comunidades cristianas los predicadores de tales doctrinas, que eran presentadas como "el verdadero conocimiento", con frecuencia constituían grupos separados de cristianos que, considerándose superiores a los que aún estaban sumidos en la ignorancia y la inconsciencia, recurrían con frecuencia a vías secretas para no contaminar el mensaje. ¿Acaso no se decía en el evangelio: "Y les anunciaba la Palabra con muchas parábolas como éstas, según podían entenderle; no les hablaba sin parábolas; pero a sus propios discípulos se lo explicaba todo en privado"? (Mc 4, 33).

Muchos elementos próximos a la gnosis se encuentran también en la doctrina de Morción. Procedente del Ponto, donde había nacido hacia el año 85, acaso hijo de un obispo del lugar, Morción, que ya había sido excomulgado, marchó a Roma y allí comenzó a enseñar. Su pensamiento se inspira en san Pablo y sobre todo en la carta a los Romanos, toma la forma de la oposición entre el Dios de la inflexible justicia del Antiguo Testamento y el Dios del infinito amor revelado por el Nuevo Testamento. De aquí deriva la idea de que el Dios del Antiguo Testamento, el creador de los hombres, es inferior y no equiparable al Dios bueno y compasivo que decidió salvar a los hombres enviando a Jesús. Éste, precisamente a causa de la envidia del Creador, que no puede soportar la idea de que se predique un Dios superior a Él y del que ignora la existencia, fue crucificado, aunque de este modo rescató a la humanidad. A partir de aquí era inevitable que Marción negase la santidad de los libros de la Biblia judía y que aceptase únicamente algunos textos de Pablo y el evangelio de Lucas. Excomulgado en el año 144, continuó predicando y fundando comunidades que se organizaron y difundieron rápidamente por todo el Mediterráneo, y que sobrevivieron como auténticas iglesias alternativas hasta el siglo IV. Pero la Iglesia cristiana de aquella época estaba conociendo otras tensiones.

Un día, entre el año 160 y el 170, el sacerdote frigio Montano cayó en éxtasis. Profetizó que pronto llegaría el fin del mundo y que había que esperar, en un lugar concreto, la llegada de la Jerusalén celeste. Se unieron a él, como profetisas, Priscila y Maximila. No había novedades doctrinales: sólo una invitación decidida a la penitencia y al ascetismo: ayunos, castidad incluso en el matrimonio, rechazo de ciertas comidas y negativa a conceder nuevamente el perdón al cristiano bautizado que hubiese caído en pecado. También el montanismo se propagó por todo el Mediterráneo. Desde el año 205 contó entre sus adeptos al gran teólogo Tertuliano.

Ante episodios de este tipo la Iglesia fue cada vez más consciente de los peligros que corría la fe si se seguía predicando como hasta ese momento: ¿acaso no existía una sola comunidad de creyentes ante Dios, sin divisiones de ningún tipo?, ¿no era Cristo total y verdaderamente hombre en sus sufrimientos y su muerte en la cruz?, ¿y no procedían los libros de Moisés y los profetas del propio Dios que los había inspirado? Cada vez con mayor frecuencia quienes comprometían estas verdades fueron llamados herejes (de la palabra griega áiresis "partido", "secta") y vistos con desconfianza.

La polémica entre la "recta fe" (ortodoxia) y la herejía fue una constante de los primeros siglos de la historia cristiana; de esa pugna se nutrió la necesidad de hacer cada vez más precisos los contenidos de la fe y al mismo tiempo realizar un esfuerzo para comprender más profundamente el misterio de Dios, de Cristo, de la Trinidad y de la Iglesia. Bastará recordar, en lo que respecta al siglo IV, al sacerdote de Alejandría, Arrio, para el cual Dios es uno y único: todas las cosas que proceden de él no pueden ser más que "criaturas". Así pues, también la palabra de Dios, el Hijo (Cristo), es criatura y no se le puede llamar Dios al igual que al Padre.

En el otro extremo, preocupado por salvaguardar la divinidad y la profunda unidad de Cristo, Apolinar de Laodicea (en el siglo IV; más tarde Eutiques y el monofisismo en el V) comprometió su plena humanidad. En efecto, negó la presencia en Cristo del alma humana, es decir, de aquel elemento que hace al hombre verdaderamente hombre, y afirmó que todos sus comportamientos tenían un origen divino. Todo esto fue expresado diciendo que Cristo tenía una única (en griego, mía, mónos) naturaleza (en griego fúsis), la divina (monofisismo). En el siglo V, Nestorio, monje y sacerdote de Antioquía, sostuvo por el contrario una doctrina que tendía a la separación entre la naturaleza divina y humana de Cristo.

La reacción de la Iglesia, que en todas estas doctrinas y enseñanzas no reconocía el auténtico mensaje evangélico o que veía comprometida la verdad de la fe, siguió diferentes caminos. En primer lugar la refutación teológica, es decir, la argumentación destinada a mostrar el error herético (Adversus haereses -Contra las herejías- es el título de una importante obra de Ireneo de Lyon, de mediados del siglo II) y sobre todo a reconstruir una visión más correcta de las cosas. En esta perspectiva se distinguieron los grandes teólogos, creyentes y hombres de la Iglesia: Tertuliano, Orígenes, Basilio de Cesarea, Gregorio de Nisa, Gregorio de Nacianzo, Agustín de Hipona y otros. La segunda vía seguida fue la definición de la fe (en el llamado Símbolo, es decir, el "Credo" de la Iglesia, expresado en fórmulas como las que aún hoy día se recitan en la Misa) y la consiguiente condena del error a través de los concilios, asambleas de obispos que representaban a toda la Iglesia, más o menos amplios en número a tenor de las circunstancias. En efecto, en el tiempo de las persecuciones no fue fácil su convocatoria, pero después de Constantino, con la cristianización del Imperio, se convirtieron en acontecimientos en los que incluso intervenía el propio emperador. Y por lo que respecta a la sede del obispo que era considerado como el sucesor del príncipe de los Apóstoles, también Roma y el papa asumieron un papel cada vez más decisivo. En las controversias doctrinales, los obispos de Roma, y en particular Víctor (189-198) y Esteban (254-257), reivindicaron una autoridad que gran parte de la Iglesia occidental estuvo dispuesta a reconocer, iniciando un proceso que llevaría a la definición del primado pontificio.

Momentos fundamentales de la historia del cristianismo de los primeros siglos fueron los concilios de Nicea (que condenó a Arrio en 325), Éfeso (Nestorio en 431) y Calcedonia (Eutiques y el monofisismo en 451).