viernes, 1 de noviembre de 2013

El Edicto de Milán



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No nos ha llegado ningún edicto, firmado y promulgado en Milán, que establezca las bases de la política imperial con relación al cristianismo. Sin embargo, poseemos cartas de Constantino y algunas de Licinio, las primeras mencionadas por Eusebio, autor de la Historia eclesiástica, y las segundas por el rétor crististiano Lactancio.

Estatua y edicto de Milán

- Las cartas de Constantino, la paz constantiniana y la afirmación de la libertad religiosa


Dichas cartas incluyen comentarios a un cierto número de estipulaciones acordadas por Constantino, "augusto" de Occidente, y Licinio, "augusto" de Oriente, en Milán, en febrero de 313, y, según Lactancio, publicadas en Nicomedia el 14 de junio de ese mismo año. Si bien la forma jurídica es incierta, el contenido de las decisiones imperiales resulta claro a partir de otros documentos y está en la base de lo que posteriormente sería definido como la paz constantiniana. El gran principio que lo informa es la afirmación de la libertad religiosa:

"Yo, Constantino Augusto, y yo, Licinio Augusto, felizmente reunidos en Milán para discutir de todos los problemas relativos a la seguridad y el bien público, hemos creído que primeramente era necesario regular, entre otras disposiciones destinadas a garantizar, según nuestro parecer, el bien de la mayoría, aquellas sobre las que se funda el respeto de la divinidad, es decir, conceder a los cristianos, como a todos, la libertad y la posibilidad de seguir la religión de su elección, a fin de que todas las divinidades de la morada celeste nos sean benévolas y propicias a nosotros y a todos los que están bajo nuestra autoridad. Por esto hemos creído, con un propósito salutífero y justo, que debemos tomar la decisión de no negar dicha posibilidad a nadie, bien que haya dirigido su alma a la religión de los cristianos, bien a la que cada cual considere que más le conviene, a fin de que la divinidad suprema, a la que rendimos homenaje espontáneo, nos pueda testimoniar en todas las cosas en favor y benevolencia habituales. Hemos decidido [...], suprimiendo completamente en los edictos enviados anteriormente [...] abolir todas las estipulaciones que nos parecen desafortunadas y ajenas a nuestra clemencia, y a partir de hoy permitir a todos los que tienen la determinación de observar la religión de los cristianos el hacerlo libre y completamente, sin que sean inquietados ni molestados [...]. Y [...] la misma posibilidad de observar su religión y su culto ha sido concedida a los demás ciudadanos, abierta y libremente, así como conviene a nuestra época de paz, a fin de que todos tengan la libre facultad de practicar el culto de su elección. Nuestra decisión ha sido dictada por la voluntad de que en absoluto parezca hemos puesto la menor restricción a ningún culto o ninguna religión".

Además de estas afirmaciones de principio, también hay algunas disposiciones prácticas.

- Restitución a las comunidades cristianas de sus lugares de oración, cementerios y otras propiedades cristianas


De este modo, a las comunidades cristianas se les debía restituir los lugares de oración, así como los cementerios y otras propiedades colectivas "sin indemnización, sin reivindicación de precio, sin demora y sin proceso". El propio Estado se comprometía a resarcir a quienes, de buena fe y sin engaño, se encontrasen en posesión de aquellos bienes.

Dos años antes (311), Galerio y Majencio habían establecido disposiciones semejantes, pero las decisiones de Constantino y Licinio asumen una dimensión definitiva e irreversible, contra las que no tendrán ningún éxito los sucesivos y esporádicos intentos de revivificar las religiones tradicionales, como, por ejemplo, las tentativas del emperador Juliano (361-363), que posteriormente recibiría el calificativo de "Apóstata".