miércoles, 23 de octubre de 2013

La primera comunidad cristiana



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"Y nosotros somos testigos de todo lo que hizo en la región de los judíos y en Jerusalén; a quien llegaron a matar colgándole de un madero; a Éste, Dios le resucitó al tercer día y le concedió la gracia de aparecerse, no a todo el pueblo, sino a los testigos que Dios había escogido de antemano, a nosotros que comimos y bebimos con Él después que resucitó de entre los muertos. Y nos mandó que predicásemos al pueblo, y que diésemos testimonio de que Él está constituido por Dios juez de vivos y muertos" (Hch 10, 39-42).

Comunidad cristiana

Según el testimonio de Lucas, autor del libro de los Hechos de los Apóstoles, Jesús se apareció a los suyos durante cuarenta días más, y después de haber prometido el Espíritu, es decir una nueva y particular presencia suya, "fue llevado al cielo" (Hch 1, 2).

- La comunidad de Jerusalén y el judaísmo


Después de la Ascensión de Jesús, la primera Iglesia (del griego ekklesía, "asamblea") es la comunidad que se encuentra y reúne en Jerusalén, de lengua aramea y fuertemente unida al ambiente judío de origen. Los discípulos, que primeramente se había dirigido a Galilea, regresaron a Jerusalén con ocasión de la fiesta judía de las Semanas (en hebreo Shavuot, Pentecostés), que se celebraba cincuenta días después de Pascua en recuerdo de la entrega de la Ley en el Sinaí. En aquella ocasión los Doce "quedaron todos llenos del Espíritu Santo" (Hch 2, 4): una experiencia extática que se expresó en forma de glosolalia (hablar en varias lenguas). A partir de ese momento dio comienzo una auténtica actividad misionera y bautismal de una comunidad que se identifica a sí misma como la de los "santos" y como el Nuevo Israel. Dicha comunidad permaneció vinculada a la Ley y el Templo, difundiendo su propio mensaje entre pequeños grupos, en una ciudad que se podía cruzar en treinta minutos. "La multitud de los creyentes no tenía sino un solo corazón y una sola alma. Nadie llamaba suyos a sus bienes, sino que todo era en común entre ellos" (Hch 4, 32). A esta (tal vez demasiado) idílica descripción de la vida común se debe añadir también que los creyentes (acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones" (Hch 2, 42). En los primeros años la Iglesia estuvo representada y dirigida por Pedro y los Doce, pero ya antes del año 48 fueron sustituidos en Jerusalén por "Santiago, hermano del Señor", asistido por un colegio de ancianos. Entraron a formar parte de la comunidad también los judíos de lengua griega, los llamados helenistas, procedentes de la diáspora. Entre éstos se distinguió Esteban, representante de una mentalidad que muy pronto entró en conflicto con la de las autoridades religiosas judías, hasta entonces tolerantes: polémico en relación con la inviolable institución del Templo y acusado de blasfemia, fue lapidado. La persecución que se desató contra los helenistas llevó a éstos a difundir el evangelio fuera de las fronteras de Israel y entre los paganos. La comunidad madre de Jerusalén fue la más importante hasta el estallido de la guerra judía del año 66 cuando, a diferencia de los grupos judíos que participaban en la guerra de liberación, los cristianos, probablemente considerados traidores, se refugiaron en Pella, al este del Jordán. Mientras tanto, ya en el 62 d.C. Santiago había sido procesado por el sumo sacerdote Anás y tal vez sufrido el martirio.

- La apertura a los paganos y la actividad de Pablo


Junto a la Iglesia de Israel nació, en poco tiempo, una Iglesia al margen de la comunidad nacional judía. Ésta eligió como sede Antioquía, a orillas del Orontes (antigua capital de los seléucidas), ciudada que contaba con treinta mil judíos sobre una población de trescientos mil habitantes. "Los que se habían dispersado cuando la tribulación originada a la muerte de Esteban... venidos a Antioquía, hablaban también a los griegos... y un crecido número recibió la fe y se convirtió al Señor" (Hch 11, 19-21).

Fueron admitidos en la comunidad por medio del bautismo y sin circuncisión, es decir, sin someterse a la Ley de Moisés. En el interior de este drástico cambio de horizonte cultural -del judaísmo palestino al judaísmo helenístico- destaca por su autoridad y energía la figura de Pablo. La huella de su predicación quedó impresa de modo indeleble en la Iglesia primitiva, hasta el punto de que algunos de sus escritos fueron conservados con devoción e incluso leídos en las asambleas litúrgicas, y entraron a formar parte de la lista de los escritos sagrados. Se trata de las cartas enviadas, en los años 50-60/62, a colaboradores y comunidades por él fundadas o que tenía intención de visitar en el curso de sus viajes misioneros, que lo distinguieron como infatigable "apóstol de los gentiles" (gentes, gentiles, "paganos"). El Canon recoge catorce cartas: algunas obra del propio Pablo (Romanos, Primera y Segunda a los Corintios, Gálatas, Efesios, Filipenses, Colosenses, Primera y Segunda a los Tesalonicenses, Filemón), y otras procedentes de ambientes fuertemente impregnados de su "evangelio" (Primera y Segunda a Timoteo, Tito, Hebreos).