martes, 22 de octubre de 2013

Jesús de Nazaret, el Cristo



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Entre los personajes que pueblan los sucesos relatados en el Nuevo Testamento sobresale la figura de Jesús. Cada circunstancia, cada palabra converge en el intento de delinear su personalidad, el significado de sus actos y su enseñanza, su secreto. En los escritos neotestamentarios, sobre todo en los evangélicos, es constante un sentimiento de sorpresa, de estupor frente a algo conocido pero que resulta imprevisible, y que se acompaña de la incapacidad para definir de una vez por todas la personalidad del Maestro.

Jesus Nazaret Cristo

Es la incertidumbre que invadía a quienes, al observar a este hombre de Nazaret, una ciudad que suscitaba la pregunta: "¿De Nazaret puede haber cosa buena?" (Jn 1, 46), lo confundían con Juan el Bautista, Elías, Jeremías o alguno de los profetas, revelando así una desorientación general. También la muerte de Jesús, acaecida en la mayor de las soledades, sigue siendo un "misterio", un "escándalo", que la fe apenas logra iluminar. No obstante la memoria, el recuerdo de sus palabras, de sus gestos, recibieron de la fe en el resucitado, en Cristo, un criterio unitario de lectura que permitió una comprensión coherente de todo el sentido de una existencia.

- La infancia del Mesías en el relato de los evangelistas


La costumbre evangélica hace que todo relato sobre Jesús comience por Belén, por la estrella, por los Magos venidos de Oriente. Sin embargo, estas noticias sólo son recogidas por Mateo y Lucas, mientras que Marcos y Juan nada dicen sobre el "Jesús niño", prefiriendo centrar su atención en la predicación de la época de madurez. El escrito de Marcos declara abiertamente su objetivo: "Comienzo del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios..." (Mc 1, 1) y comunica los motivos del silencio sobre la infancia: lo que importa es la predicación de Jesús y, sobre todo, su muerte y resurrección. En las primeras comunidades cristianas, tal vez en las próximas a los "parientes" de Jesús, pronto surgió la curiosidad por conocer los primeros momentos de la vida del Mesías, de manera que también aquellos hechos se convirtieron en motivo de una narración entretejida de fe, de catequesis, de un auténtico evangelio en el evangelio. Los dos primeros capítulos de Mateo y Lucas. Son llamados "evangelios de la infancia". El año de nacimiento de Jesús probablemente corresponde al 748 de la fundación de Roma, es decir, cinco años antes de la fecha que indica el calendario. Jesús nació antes de la muerte de Herodes el Grande, ocurrida en el año 749 de Roma, es decir, el año 4 a.C. El error procede de un cálculo astronómico equivocado imputable al monje Dionisio el Pequeño (muerto en 556). El nombre Jesús es la forma abreviada del hebreo Jehoshu'a, que significa "Dios salva". El niño recibió el nombre a los ocho días de su nacimiento, según establecía la Ley judía. Las narraciones de Mateo y Lucas tejen una teología en la que Jesús aparece como Mesías-Salvador, cuyo humilde nacimiento pone en marcha el plan salvífico de Dios, y que es reconocido por la humanidad entera representada por los pastores y los Magos llegados a Belén.

- El anuncio del Reino


Jesús comenzó su misión cuando tenía alrededor de 30 años, después de haber sido bautizado por Juan. Lucas sitúa el comienzo de la actividad del Bautista en el decimoquinto año del reinado de Tiberio (28-29) y, por lo que respecta a la duración de la predicación de Jesús, Marcos señala que fue de poco más de un año, mientras que Juan afirma que fueron cerca de tres. Todos los evangelios coinciden en recordar el bautismo de Jesús cerca del Jordán. Probablemente, Jesús atribuyó a esta experiencia un valor fundamental para su propia vocación, por lo que los evangelistas la reformularon como proclamación de Jesús como hijo de Dios, sobre el que descendió el Espíritu de Dios, ligero como una paloma. Juan había iniciado cerca del río Jordán una actividad predicadora que recordaba la vehemencia de los antiguos profetas, y a la que había unido la señal de la inmersión en el agua como símbolo del hombre purificado que comienza una vida nueva. La fuerza de sus palabras imponía elecciones radicales, puesto que declaraba que estaba próxima la llegada del Reino y del Mesías: "Raza de víboras, ¿quién os ha enseñado a huir de la ira inminente? Dad, pues, fruto digno de conversión, y no creáis que basta con decir en vuestro interior: "Tenemos por padre a Abraham"; porque os digo que puede Dios de estas piedras dar hijos a Abraham. Ya está el hacha puesta a la raíz de los árboles; y todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego. Yo os bautizo en agua para conversión; pero aquel que viene detrás de mí es más fuerte que yo, y no soy digno de llevarle las sandalias. Él os bautizará en Espíritu Santo y fuego" (Mt 3, 7-11).

En relación con Jesús, el evangelista Juan hace declarar al Bautista: "He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Éste es por quien yo dije: "Detrás de mí viene un hombre, que se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo" (1, 29-30). El Bautista se convierte así, en la interpretación cristiana, en el "precursor" del Mesías, que lo presenta a Israel y al mundo. Juan tenía discípulos, algunos de los cuales después siguieron a Jesús, llegando a formar parte del grupo de los Doce. Muy pronto se unieron a ellos otros discípulos, simpatizantes, curiosos. Comenzando en Galilea, su patria, Jesús pasó por pueblos y ciudades proclamando: "El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva" (Mc 1, 15). Pero el Reino, es decir, una nueva y más profunda presencia de Dios entre los hombres, se expresó y manifestó mediante señales que dejaron desconcertados a muchos, dando lugar a discusiones y polémicas: "Un día que estaba enseñando, había sentados algunos fariseos y doctores de la Ley que habían venido de todos los pueblos de Galilea y Judea, y de Jerusalén. El poder del Señor le hacía obrar curaciones. En esto, unos hombres trajeron en una camilla a un paralítico y trataban de introducirle, para ponerle delante de Él... Viendo Jesús la fe de ellos, dijo: "Hombre, tus pecados te quedan perdonados". Los escribas y fariseos empezaron a pensar: ¿Quién es éste, que dice blasfemias?, ¿quién puede perdonar los pecados sino sólo Dios?" (Lc 5, 17-21). La actividad taumatúrgica mediante la cual Jesús devolvía la salud a los enfermos, ciegos, verdaderos o falsos endemoniados, es un dato difícilmente discutible. Por lo demás, esta actividad concuerda con las creencias de la época: "Entonces le fue presentado un endemoniado ciego y mudo. Y le curó, de suerte que el mudo hablaba y veía. Y toda la gente atónita decía: "¿No será éste el Hijo de David?" Mas los fariseos, al oírlo, dijeron: "Éste no expulsa los demonios más que por Beelzebul, príncipe de los demonios" (Mt 12, 22-24).

Jesús relaciona estrechamente la curación y el Reino sobrevenido: Dios da vida y alegría nuevas a los hombres, sobre todo a los que, rechazados por la sociedad religiosa y civil o considerados como pecadores, permanecen al margen de toda convivencia. Jesús aparece como un rabino, un maestro, pero sus actos parecen colocarlo por encima de la propia Ley de Moisés, con una pretensión de superioridad desconcertante: "En aquel tiempo cruzaba Jesús un sábado por los sembrados. Y sus discípulos sintieron hambre y se pusieron a arrancar espigas y a comerlas. Al verlo los fariseos, le dijeron: "Mira, tus discípulos hacen lo que no es lícito hacer en sábado". Pero Él les respondió: "... Pues yo os digo que hay aquí algo mayor que el Templo... Porque el Hijo del Hombre es señor del sábado" (Mt 12, 1-8(.

La autoridad con que Jesús habla y perdona los pecados deja entrever una inaudita relación con el Padre (Mt 22, 41-46). Y sin embargo, no tiene intención de suprimir nada de la tradición judía: "No penséis que he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. Sí, os lo aseguro: el cielo y la tierra pasarán antes que pase una i o una tilde de la Ley sin que todo suceda" (Mt 5, 17-18). pero la justicia que Jesús enseña es una justicia superior, que no se basa en código alguno, en ninguna pretensión de autojustificación, y que invierte la jerarquía habitual de los valores: "Bienaventurados los pobres de espíritu, los mansos, los que lloran, los que tienen hambre y sed de la justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los que trabajan por la paz, los perseguidos" (Mt 5, 2-10). Probablemente el entusiasmo inicial suscitado por Jesús, del que se esperaban milagros que tendían a convertirlo en un espectáculo de feria, pronto se convirtió en desconfianza, en crítica abierta.

Tal vez así se explique la opción de predicar el Reino por medio de parábolas, cuyas imágenes surgen de los acontecimientos cotidianos y de la experiencia común, pero las continuas alusiones obligan a pedir más aún, a salir de los esquemas: Dios se comporta como aquel samaritano que es el único en detenerse para socorrer al hombre herido por los salteadores, o como aquel padre que acoge de nuevo, aparentemente contra toda lógica, al hijo que ha dilapidado una fortuna.

- La muerte de Jesús y el anuncio de la resurrección


Tras su actividad en Galilea, los evangelistas sitúan los momentos cruciales de la vida de Jesús en Jerusalén. Existen numerosas señales que inducen a pensar que Jesús intuyó su propio destino de muerte, aceptándolo como voluntad de Dios. Para Jesús el valor simbólico de Jerusalén está ligado a la tradición, "porque no cabe que un profeta perezca fuera de Jerusalén" (Lc 13, 33). Los llamados "relatos de la Pasión" comienzan con la triunfal entrada de Jesús en la Ciudad Santa, a la que sigue un encuentro con los vendedores que habían convertido el Templo de Dios en un mercado. Jesús celebró con los suyos la cena en que confió el recuerdo de su persona y de su muerte inminente a los signos del pan y del vino.

Esa cena, enmarcada en el contexto de las festividades pascuales, fue el momento en que Jesús se entregó a sí mismo (el cáliz con el vino alude a la sangre que poco después sería derramada) y estableció la nueva y definitiva alianza entre Dios y la humanidad. La más antigua tradición vincula el prendimiento de Jesús a la traición de Judas Iscariote, que formaba parte del estrecho círculo de los Doce. Conducido ante el Sanedrín, Jesús fue interrogado sobre sus pretensiones mesiánicas y luego, ante Poncio Pilatos, condenado a muerte. Es probable que los intereses coincidentes de las autoridades religiosas judías y políticas romanas lo condujesen a la pena capital. La principal acusación fue de naturaleza política: afirmar que Jesús de Nazaret era el rey de los judíos, como rezaba el titulum puesto en la parte superior de la cruz, significaba equipararlo a un subversivo, a un instigador a la insubordinación a Roma. Era, según Juan, el día 14 del mes judío de Nisan, cuando en el Templo se inmolaban los corderos pascuales: Jesús fue crucificado junto a otros dos hombres, y a su muerte asistieron desde lejos únicamente las mujeres de su entorno. Los discípulos, en efecto, habían huido escandalizados y desilusionados: "Nosotros esperábamos que sería Él el que iba a librar a Israel" (Lc 24, 21). José de Arimatea obtuvo de los romanos la autorización para llevarse el cadáver, que fue depositado en un sepulcro, a la espera de que pasase la Pascua, que coincidía con el Sabbat judío. Pero "el primer día de la semana va María Magdalena de madrugada al sepulcro cuando todavía estaba oscuro, y ve la piedra quitada del sepulcro" (Jn 20, 1). María, que se preparaba para las tradicionales lamentaciones, convencida de que el cadáver había sido robado, corrió donde Pedro que, llegado al sepulcro, constató asombrado lo sucedido. En este punto comienzan a verificarse experiencias y situaciones del todo nuevas e imprevisibles: será María la primera en anunciar "haber visto al Señor" (y tal circunstancia parece corresponder a la realidad, puesto que, de otro modo, la primera aparición no habría correspondido a una mujer, en aquella época considerada como no idónea para testificar). Los Evangelios afirman que la sucesión de apariciones implicó luego a Pedro, a otros discípulos, y posteriormente también a Pablo. Es difícil establecer la naturaleza de tales apariciones. Sin embargo, lo cierto es que a partir de ese momento los temerosos y ocultos discípulos del crucificado se transformaron en valerosos anunciadores del Resucitado.