lunes, 28 de octubre de 2013

Cristianismo e Imperio romano



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En el Imperio romano, el mensaje difundido por Pablo y los apóstoles encontró el terreno más apropiado para enraizar y desarrollarse. El cristianismo debe mucho de lo que llegará a ser en poco tiempo al sistema de organización jurídica y administrativa de los romanos, a su filosofía y cultura, incluso a las infraestructuras materiales realizadas por ellos -de modo particular, las carreteras-.

Cristianismo e Imperio romano

En efecto, el Imperio romano ofrecía a la difusión del evangelio una serie de condiciones favorables que se pueden resumir en una sola frase: pax romana, la paz romana. La actividad de los primeros predicadores de Cristo se enmarca en el período más tranquilo, más libre de amenazas, que Occidente jamás haya conocido. El latín y el griego, aunque no habían sustituido por completo a las lenguas locales, eran comprendidos en Oriente y Occidente. Hay que resaltar que el cristianismo adquirió un marcado cariz urbano. Testimonio de este fenómeno es el término "pagano", nacido para designar a las religiones de las aldeas (pagus), politeístas y naturalistas, opuestas a la nueva fe cristiana. También la gran capital imperial, Roma, acogió en su suelo una comunidad cristiana que, aunque no fundada por Pedro o Pablo, vivió indisolublemente vinculada al recuerdo de los dos grandes apóstoles. Su martirio, recogido por la tradición (Clemente de Roma, Ignacio de Antioquía, finales del siglo I - comienzos del siglo II), y, sobre todo, el particular papel simbólico atribuido a la figura de Pedro y su autoridad, progresivamente convirtieron a Roma en el mayor centro cristiano.

A principios del siglo II los cristianos proceden casi exclusivamente del paganismo. Se plantea entonces la pregunta: ¿se trata de rechazar a estos grandes intelectuales, en nombre de la diferencia cristiana, o de integrarlos, aunque sólo sea parcialmente? Ciertamente el paganismo, en su expresión politeísta, sufre por obra del cristianismo todas las críticas que la antigua polémica de los profetas bíblicos había reservado a la idolatría, pero el discurso de Pablo en Atenas (Hch 17, 23-31), al reconocer una cierta verdad en la búsqueda religiosa pagana, abría una vía al diálogo. Por otro lado, el problema religioso no es, para todo el mundo antiguo, una pura cuestión de opinión personal, de convicciones íntimas. Por el contrario, manifiesta una dimensión también política, porque precisamente en la pax deorum (la paz de los dioses) se funda la estabilidad del imperio. Rendir los honores debidos a los dioses venerados, no introducir novedades peligrosas, reconocer en su autoridad la autoridad del Estado, son otras tantas formas de garantizar una vida segura y ordenada. La nueva fe cristiana se encuentra frente a situaciones y opciones que parecen estar en contradicción: por una parte, es del todo natural ser obediente al poder constituido; por otra, el creyente sólo reconoce la autoridad suprema de Dios, que vincula su conciencia. Así se pueden comprender los motivos de la hostilidad pagano en relación con los cristianos: éstos, con su negativa a ofrecer incienso a los dioses, son acusados de ateísmo, de superstición ilícita (Tácito, Plinio, Suetonio) y de atraer la maldición divina. Las extrañas noticias sobre sus reuniones y sus ritos habían hecho nacer las acusaciones de antropofagia, incesto y homicidio con fines religiosos. Pero hacía un tiempo que los antiguos cultos de la tradición, aunque fundamentales para el sostenimiento del Estado, no estaban en condiciones de dar respuesta a los interrogantes y las exigencias de los tiempos. Eran cultos públicos, colectivos, que dejaban poco espacio al individuo y al problema de su destino personal después de la muerte, en el más allá. Se propagaron así, procedentes de Oriente, la magia, los misterios egipcios, babilonios y persas, el gusto por los prodigios y los milagros, capaces de interpretar el sentimiento religioso popular. Sin embargo, se continuaban rindiendo al emperador honores divinos (él era dominus et deus, señor y dios).

- Las persecuciones


Sobre ese telón de fondo se desarrollaron las persecuciones, que marcaron profundamente la experiencia y la historia cristiana de los primeros tres siglos.

Las figuras de los "mártires" son centrales para la propia definición del contenido de la fe: su ejemplo "típico", la imitación que ofrecen de la vida de Cristo, la certeza de que su destina de muerte, precisamente por ser semejante y convincente manifestación y realización del dicho evangélico: "Nadie tiene mayor amor, que el que da su vida por sus amigos" (Jn 15, 13). De este tenor es el testimonio (personal y literario) del obispo de Antioquía, Ignacio, que en los primeros meses del año 107, mientras es trasladado de Siria a Roma, donde sufrirá martirio, a través de un Imperio en fiestas por la victoria del "pío, feliz triunfador Trajano" sobre los dacios, consciente de la suerte que le espera, dice: "Escribo a todas las iglesias y anuncio a todos que muero por Dios, si vosotros no me lo impedís. Os ruego que no me tengáis una benevolencia inoportuna. Dejad que sea pasto de las fieras por medio de las cuales me será posible llegar a Dios. Soy el trigo de Dios y seré molido por los dientes de las fieras para convertirme en el pan duro de Cristo. Por el contrario, acariciad a las fieras para que se conviertan en mi tumba y no dejen rastro de mi cuerpo, y muerto, yo no sea una carga para nadie. Entonces seré verdaderamente discípulo de Jesucristo, cuando el mundo ya no vea mi cuerpo... Perdonadme, sé lo que me conviene. Ahora empiezo a ser un discípulo. Nada de visible ni invisible tenga envidia porque llego a Jesucristo. El fuego, la cruz, las fieras, las laceraciones, los desgarrones, la dislocación de los huesos, la mutilación de los miembros, de todo el cuerpo, los malvados tormentos del diablo vengan a mí, porque sólo deseo encontrarme con Jesucristo. Nada me alegran los placeres del mundo y todos los reinos de este siglo. Para mí, morir en Jesucristo es más hermoso que reinar hasta los confines de la Tierra. Busco a quien murió por nosotros; quiera a quien resucitó por nosotros. Mi renacimiento está cercano... Dejad que imite la pasión de mi Dios" (Carta a los romanos, V, 1-VI, 3).

La experiencia del martirio dio origen a una literatura que se expresó en los Hechos de los mártires y las Pasiones. Ya desde mediados del siglo II se difundió la costumbre de transmitir a la posteridad la confesión de fe de los mártires ante la autoridad pública y celebrar el día de su martirio. Redactados teniendo como base los modelos de las Escrituras y la vida de Cristo, estos documentos fueron enriquecidos con elementos fantásticos y maravillosos, pero algunos de ellos, muy antiguos (Hechos del martirio de San Justino, Hechos de los mártires de Scillium), narran con fidelidad a la realidad histórica los acontecimientos y conservan el testimonio del interrogatorio ante el magistrado: "El prefecto Rústico dijo a Justino (arrestado junto a Caritón, Carito, Evelpisto, Geraco, Peón y Liberiano): -Primeramente, someteos a los dioses y obedeced al emperador. ¿Dónde os reunís? / -Donde cada cual lo desea y tiene posibilidad de hacerlo. ¿Crees que nos reunimos todos en el mismo lugar? No, el Dios de los cristianos no está circunscrito a un lugar; es invisible, llena el cielo y la tierra, y es adorado y glorificado por los fieles ... / -Así pues, ¿sois cristiano? / Sí, soy cristiano... / -Vayamos ahora a los hechos, a la cosa necesaria y urgente. Acercaos y todos juntos haced sacrificios a los dioses... Si no obedecéis seréis castigados sin piedad... / -Haced lo que queráis; nosotros somos cristianos y no hacemos sacrificios a los ídolos.".

Resulta difícil tener una idea estadística del número de los mártires cristianos. Ciertamente, en el período de tiempo que se extiende desde la persecución de Nerón (64), pasando por las de Domiciano, Marco Aurelio, Decio, Valeriano, Diocleciano y Galerio, hasta la era de Constantino, debieron ser muchos.

No obstante, los primeros tres siglos no fueron sólo de persecución continua y general. También hubo períodos de tranquilidad y tolerancia en los que las iglesias pudieron vivir y desarrollarse sin excesivas preocupaciones, en ocasiones colaborando con un Estado oficialmente pagano. Con Constantino y el Edicto de Milán (313) "nace, sin embargo, un mundo nuevo, imperfecto, como todas las cosas humanas; pero si este mundo tiene, más que el que desaparece, respeto a determinados valores morales, lo deberá en gran parte a aquellos mártires, de los cuales no podríamos decir el número, a todos aquéllos cuyos nombres son celebrados todavía hoy en los fastos de la Iglesia, y también a aquéllos, innumerables, cuyos nombres sólo Dios conoce, que murieron ignorados por el mundo" (J. Moreau).

- La visión de Constantino y el Edicto de Milán


En la época de la gran persecución de Diocleciano (303-305), el cristianismo había penetrado en amplios estratos de la sociedad: nobles, comerciantes, magistrados, soldados, gente del pueblo, se habían adherido a la fe de Cristo. Entre tanto, en el Imperio, estimulado por los emperadores, se estaba difundiendo un culto solar a través del cual se intentaba garantizar la tolerancia y, sobre todo, la unidad religiosa. El dios Sol se convertía así en el símbolo del summus deus (el dios supremo) de muchos hombres y en el que todos los pueblos habrían podido reconocerse. Tampoco los cristianos desdeñaban las imágenes solares en sus representaciones: en efecto, identificaban a Cristo con el Sol Iustitiae (Sol de justicia). La famosa visión de Constantino (312), que sancionó su adhesión al cristianismo, se sitúa en este contexto. Al aproximarse la batalla contra Majencio (batalla del puente Milvio, 28 de octubre de 312), que, una vez ganada, le aseguraría el dominio de la parte occidental del Imperio, tuvieron lugar hechos extraordinarios. Tenemos de ellos dos versiones: la primera de Lactancio, escrita en torno a 318, más sobria y que habla de un sueño. La segunda es recogida por Eusebio en la Vida de Constantino, y fue redactada veinticinco años después de los hechos. Escribe Eusebio que Constantino, tratando de asegurarse la protección de Dios de su padre, oró pidiendo la confirmación de su triunfo. Junto a su ejército vio entonces en "el cielo, por encima del Sol, como signo de victoria, una cruz luminosa" y las palabras "con este signo vencerás". A la noche siguiente se le apareció Cristo, que le ordenó reproducir la señal y llevarla a la batalla. Constantino mandó construir una larga asta con una barra transversal que llevaba en la extremidad una corona que a su vez contenía el monograma de Cristo, es decir, las letras Kh y R del alfabeto griego superpuestas. El labarum así construido se convirtió en la enseña del ejército victorioso. Resulta difícil creer en la realidad de la visión de la que hablan Lactancio y Eusebio, pero es evidente el cambio operado en la actitud de Constantino con respecto a la religión pagana tradicional. Sin embargo, la "conversión" del emperador sigue estando vinculada a los antiguos cánones de la religión romana y a la preocupación por garantizar, una vez más, la estabilidad y la seguridad del Estado. El acto que establece la piedra miliar de la historia de Occidente es comúnmente designado con el nombre de Edicto de Milán y lleva fecha del año 313. Otro golpe decisivo a las ideologías que habían regido la Roma de los césares lo constituye la creación de Constantinopla, con funciones de nueva y segunda Roma. Cuando el 11 de mayo de 330, Constantino inaugura la nueva ciudad como capital del Imperio de Oriente, el paganismo se puede considerar oficialmente acabado. Mientras el viejo orden se disuelve lentamente, como abatido por un cansancio interno, una serie de hombres inspirados en los valores cristianos sienta las bases de la nueva civilización, que estará en condiciones de cambiar el rostro de la historia.

- El cristianismo, religión imperial. Fin del paganismo romano


El Edicto de Milán garantizaba la libertad de culto a los seguidores de todas las religiones y, por lo tanto, también la continuidad de los sacrificios y las ceremonias paganas, pero en realidad la política de Constantino sofocó paulatinamente el culto pagano. Fueron destruidos famosos e importantes templos (el frecuentadísimo de Esculapio de Ege, Cilicia, o el de Afrodita en Aphaka, Fenicia) y prohibidos los ritos, saqueados los santuarios, encarnecidos los sacerdotes. Además de Constantinopla, donde se construyeron basílicas (a Sophia, la Sabiduría, y a Eirene, la Paz) e iglesias dedicadas a los apóstoles y los mártires, el emperador fomentó los Santos Lugares de Palestina y Jerusalén, edificando basílicas en las localidades más importantes de la vida de Cristo. El hijo de Constantino, Constancio (muerto en 361), ordenó cerrar todos los templos paganos del Imperio y poner fin a todas las celebraciones de las antiguas religiones. De este modo, también las de Roma tuvieron sus mártires, sus comunidades de las catacumbas y el silencio. A pesar del cambio radical de la actitud oficial, durante mucho tiempo el cristianismo convivió con importantes núcleos paganos. En Roma, a fines del siglo IV todavía existían setecientos templos paganos y se celebraban fiestas como las lupercalia. En Olimpia los juegos continuaron hasta la época de Teodosio I (379-395) y lo mismo sucedió con los misterios de Eleusis, que sólo dejaron de celebrarse a raíz de la destrucción del templo por obra de Alarico, en 396. El paganismo se mantenía vivo entre la aristocracia y en las escuelas, y tenía de su parte el testimonio de hombres ilustres, doctos e íntegros como Símaco, pero el hostigamiento de los predicadores cristianos no daba tregua. En el año 380 el emperador Graciano, fuertemente influido por Ambrosio, obispo de Milán, proclamó obligatorio el credo cristiano, en la forma establecida por el concilio de Nicea, para todos los pueblos sometidos a su jurisdicción, al mismo tiempo que denunciaba como "locos y dementes" a los seguidores de otras creencias. En 382 prohibió que se destinase cualquier fondo público a las celebraciones e instituciones paganas, e hizo retirar del palacio senatorial de Roma la estatua de la victoria, ante la que durante más de cuatro siglos (desde el 29 a.C.) los senadores habían prestado juramento de fidelidad al emperador. El acto revistió una importancia simbólica enorme. Una delegación de patres senatores (padres senadores), encabezada por el propio Símaco, intentó en vano persuadir al emperador para que se desdijese de una decisión tan contraria a la tradición. La tentativa se repitió al año siguiente bajo Valentiniano, que sustituyó a Graciano.

La pasión oratoria de Símaco alcanzó tonos de extraordinaria eficacia para demostrar al soberano que no convenía suprimir de un golpe prácticas que durante un milenio habían contribuido a garantizar el orden social y la estabilidad del Estado. Pero el paganismo ya había perdido la batalla: Teodosio obligó al senado a decretar la abolición del paganismo en todas sus formas (394). A partir del siglo IV, en las regiones del Imperio donde el cristianismo había echado sólidas raíces, el paganismo se vio confinado a papeles cada vez más marginales, frecuentemente expropiado de sus manifestaciones y festividades en beneficio de la religión hegemónica.