viernes, 23 de agosto de 2013

Fuentes históricas del cristianismo



Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...
Hoy día la historicidad de Jesús no es puesta en duda por nadie. Las fuentes de que disponemos no pueden interpretarse desde una perspectiva "mitológica" y reducir la figura de Jesús a un mito producido por la experiencia de muerte y el deseo de vivir una nueva vida. Debemos distinguir diferentes tipos de noticias con relación a Jesús: las procedentes de los ambientes judíos, los testimonios de origen pagano y, finalmente, las fuentes cristianas.


A partir del inicio del reinado de Herodes el Grande (40 a.C.) y durante casi un siglo, diferentes personas -Judas, Teudas, Simón, Atrongeo, por citar sólo algunos de los nombres más conocidos- se proclamaron "Mesías", reunieron a su alrededor discípulos, y suscitaron entusiasmos más o menos efímeros y amplios antes de acabar indefectiblemente bajo las armas de los guardianes del orden establecido, mientras sus seguidores desaparecían sin remedio. Por consiguiente, no debe sorprendernos que la persona y la palabra de Jesús tardaran cierto tiempo en llamar la atención de los historiadores.


Los historiadores judíos y romanos


Por lo que respecta a las noticias que proceden del mundo judío, debe recordarse en primer término la obra de Flavio Josefo. Nació hacia el año 37-38 en el seno de una familia sacerdotal, y ya adulto se adhirió al fariseísmo. Al estallar la primera revuelta contra los romanos, en el año 66, participó en las operaciones de defensa, en calidad de comandante de Galilea. Asediado con sus compañeros en Jotapata, eludió el suicidio colectivo y se entregó a los romanos. Después de asistir a la destrucción del Templo de Jerusalén, ordenada por Tito, por los servicios prestados se convirtió en ciudadano romano y asoció a su nombre el de la familia a la que pertenecía el emperador benefactor (Flavio). En Roma escribió dos importantes obras, La guerra judía y Las antigüedades judaicas, en las que intentó explicar a los romanos los motivos que condujeron a la guerra, pero donde también incluyó usos, costumbres y creencias de su pueblo. Sus escritos, por su cercanía a los tiempos de Cristo, tienen, pues, particular importancia. En Las antigüedades judaicas encontramos referencias a Juan el Bautista, a Santiago, jefe de la comunidad de Jerusalén (Hch 12, 17), y, como naturalmente era de esperar, también a Jesús. El párrafo dice lo siguiente: "Vivió Jesús, un hombre sabio, si es lícito llamarlo hombre. Pues fue un hacedor de prodigios, un maestro de los hombres, que recibían la verdad con placer. Atrajo a muchos judíos y a muchos gentiles. Era el Mesías. Y cuando Pilatos, a sugerencia de nuestros principales hombres, lo condenó a la cruz, los que le habían amado al principio no dejaron de hacerlo, pues se apareció nuevamente vivo al tercer día, puesto que los profetas divinos habían predicho ésta y otras diez mil cosas maravillosas sobre él; y la casta de los cristianos, que toman el nombre de Jesús, no se ha extinguido hasta el momento" (18, 63-64). Sorprenden el tono y el contenido del párrafo. Flavio Josefo no era cristiano y, sin embargo, el texto parece una profesión de fe. Los historiadores de nuestros días concuerdan en afirmar que el texto fue retocado por manos cristianas en un momento posterior: inicialmente debía contener informaciones esenciales sobre la figura de Jesús y sobre su suerte, además de datos acerca de sus relaciones con los discípulos. Otro bloque de escritos referentes a los orígenes del cristianismo lo constituyen los textos rabínicos. Sin embargo, las noticias son escasas, tal vez por motivos polémicos: no se suele hablar de quien no se aprecia. La cita más importante se encuentra en el Talmud babilonio (tratado Sanedrín, h. 43 d.C.), donde se acusa a Jesús de magia y apostasía, y se afirma que fue "colgado en la vigilia del Sabbat y de la Pascua". Finalmente, contamos con testimonios paganos. Ningún autor clásico del siglo I hace referencia a Cristo o a los cristianos. El documento más antiguo que ha llegado hasta nuestros días, y que se remonta a los años 111-113, es la carta enviada por el gobernador de Bitinia, Plinio el Joven, a Trajano, y a la que siguió la respuesta del emperador. Plinio pedía orientaciones acerca de cómo comportarse con los cristianos, puesto que aún no existía una legislación sobre dicha materia. Un poco posteriores son las noticias de Tácito, que en los Anales (escritos entre los años 115 y 120), y basándose en fuentes fiables, se refiere a las persecuciones contra los cristianos que tuvieron lugar tras el incendio de Roma en la época de Nerón. Por su parte, Suetonio, en la Vida de los doce césares, publicada en torno a 121, recuerda el decreto con el que Claudio, en el año 41, expulsó a algunos judíos que alteraban el orden público "por instigación de un cierto Cresto". Al margen del error en el nombre (Cresto/Cristo), en la obra de Suetonio se recuerdan las polémicas suscitadas por los seguidores de Jesús en el interior de la comunidad judía de Roma. Sólo al finalizar el siglo II el mundo grecorromano dio muestras de tener una clara conciencia del fenómeno cristiano.

El Nuevo Testamento entre historia y fe


Jesús no dejó ningún texto escrito. Al igual que los antiguos profetas, confió su mensaje a las ideas y las imágenes orientales que la fuerza de su palabra había sabido evocar. Sus discípulos, los que le habían servido de cerca o a cierta distancia, conservaron el recuerdo de sus palabras.

Por otra parte, después de la crucifixión, la experiencia de la resurrección de Jesús modificó radicalmente la conciencia de aquellos hombres: convertidos en predicadores y misioneros, también ellos, de viva voz, en las sinagogas o las plazas, difundieron el evangelio cristiano, la buena nueva de la muerte y resurrección de Jesús, vinculándola a las antiguas profecías y las Sagradas Escrituras. Durante cerca de veinte años las cosas siguieron de ese modo, pero posteriormente las exigencias de la predicación obligaron a algunos apóstoles a enviar cartas, también llamadas epístolas (Pablo, a partir de los años cincuenta), mientras que otros fijaron sus recuerdos sobre Jesús de una manera más permanente. Los escritos que llamamos Evangelios nacieron en esas circunstancias y representan una auténtica creación literaria cristiana. No son biografías de Jesús, sino que, a partir de la fe en él como Cristo (Mesías), relatan el misterio de su vida y resurrección en el marco de acontecimientos históricos reales, de manera que en ellos historia y profesión de fe se unen de manera inextricable. Esto también vale sustancialmente para todos los escritos del Nuevo Testamento, aunque se puedan encontrar en ellos diferentes estilos y perspectivas. Cabe advertir que el período de tiempo en que se llevó a cabo la redacción del Nuevo Testamento se extiende desde los años cincuenta hasta fines del siglo I. El evangelio más antiguo conocido es el de Marcos, escrito en torno a los años cincuenta.

Escritos canónicos y apócrifos


Cualquier edición del Nuevo Testamento de cualquiera de las diferentes confesiones cristianas contiene un total de 27 escritos: los cuatro Evangelios, los Hechos de los apóstoles, las Cartas apostólicas o Epístolas, y el Apocalipsis. Estos son los libros que la tradición cristiana ha considerado inspirados por Dios, norma de la fe, Canon (del griego kanón "medida, norma"). Sin embargo, el proceso que llevó a esa definición fue largo y difícil. En el período que se extiende del siglo II al VII muchos fueron los escritos producidos en el interior de las diversas comunidades y que gozaron de un gran prestigio: el Evangelio de Tomás, el Evangelio de María, el Evangelio de la Verdad, los Hechos de Pilatos, las cartas de Pablo a Séneca, el Apocalipsis de Pedro, el Apocalipsis de Pablo y muchos otros. Pero a causa de sus características particulares, que en ocasiones los hacían discutibles desde el punto de vista de la fe ortodoxa, esos textos fueron llamados apócrifos (escondidos) y excluidos del Canon.

Ya algunos antiguos concilios locales habían aprobado la lista de los libros canónicos (Hipona, 393; Cartago, 397 y 419). Sin embargo, en el ámbito católico la definición última fue ratificada por el Concilio de Trento (sesión IV, año 1546).