jueves, 14 de marzo de 2013

El pontificado en la época del Absolutismo



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Merced a su poder temporal, los Papas consiguieron mantener su independencia, pese a las enormes presiones de los reyes, que trataban de mediatizar sus decisiones.

La Iglesia y el Concilio de Trento

- Reforma en la Iglesia a raíz de la crisis protestante


Superada la etapa de los pontífices del Renacimiento, que respondió con demasiada frecuencia más al ideal de los demás príncipes italianos de la época que a la función de cabeza de los cristianos, la reflexión sobre las trágicas consecuencias que para la Iglesia tuvo la crisis protestante provocó una reacción espiritualizadora encaminada a la reforma de la Iglesia.

- El Concilio de Trento


Este espíritu reformador y vitalizador tuvo su más genuina expresión en el Concilio de Trento (1545-1563). Este Concilio dejaba muy atrás el espíritu conciliarista de los tiempos del de Constanza, puesto que fue convocado por el papa, presidido por sus legados y Pío IV, mediante la bula Benefictus Deus de 26 de enero de 1564, ratificó de manera definitiva sus decisiones. Los textos emanados del Concilio de Trento tuvieron en lo fundamental una significación dogmática: ratificación y desarrollo de los contenidos de la fe en la Iglesia, especialmente en aquellos puntos que habían sido objeto de discusión por parte de los reformados; pero se ocupó también de cuestiones de disciplina, para llevar a cabo las tantas veces reclamada reforma de la Iglesia.

- La insistencia en un Iglesia visible, frente a una Iglesia meramente interior e invisible


La idea del Estado moderno y el modo de ejercerse el poder en la época, influye también en la forma de comprender la función del Papa en la Iglesia. La eclesiología de Roberto Belarmino insistirá en la visibilidad de la Iglesia, en polémica contra la tendencia de los reformadores hacia una Iglesia meramente interior e invisible, y la definirá como "un conjunto de hombres unidos por la profesión de la misma fe cristiana y la participación en los mismos sacramentos, bajo el régimen de los legítimos pastores y especialmente del Romano Pontífice, único vicario de Cristo en la tierra".

- Calificación de la Iglesia como una sociedad monárquica, con el papa como soberano


Sobre esta base ideológica -para hacer frente a las pretensiones de los príncipes de gobernar las cuestiones eclesiásticas y a los intentos de ruptura de la unidad de la Iglesia, fuertemente amenazada por la tendencia regalista hacia las Iglesias nacionales -se insiste en la idea de que el papa es el jefe de la Iglesia, soberano para las cuestiones espirituales, utilizándose analógicamente nociones del Derecho Público de la época; así se califica a la Iglesia de sociedad monárquica, de la que el papa es el soberano.

- La Curia romana, la burocracia del Pontífice Romano


Esta concepción lleva, lógicamente, a dotar al Pontífice Romano de una burocracia como instrumento de su labor de gobierno de la Iglesia Universal, análoga a la que se iba desarrollando en las monarquías de la época. Este complejo burocrático se denominó Curia romana y fue estructurado en 1588 por el papa Sixto V, mediante la Constitución Inmensa aeterni.

- La burocracia de la Iglesia y la de los Estados, en inevitable conflicto


Evidentemente, ambas burocracias, la de la Iglesia y las de los Estados, estaban avocadas a entrar en conflicto. Por una parte, se crean estos organismos para velar por la pureza de la fe, dirigir la acción de los obispos, impulsar las misiones, organizar la hacienda de la Iglesia, velar por la aplicación de las disposiciones del Concilio de Trento, etc. Por otra parte, la burocracia estatal de los monarcas católicos -en virtud de la aludida política de intervención en las cuestiones eclesiásticas- procura que lleguen al episcopado hombres gratos al monarca, cuya gestión se controla intensamente; trata de evitar que salgan del reino fondos con destino a Roma; ve con malos ojos que se decidan fuera de las fronteras los pleitos eclesiásticos de los súbditos y, al mismo tiempo, organiza la evangelización de continentes enteros... La tensión de ambos criterios -competencias de los organismos de la Curia romana y regalías de los monarcas- da lugar a una continua dialéctica, en la que los juristas de una y otra parte manejan argumentos de todo tipo.

- La posición de Roma al respecto


Durante este período, Roma se muestra intransigente en las cuestiones que afectan a los fundamentos doctrinales de su propia potestad y cede, en cambio, con relativa facilidad, acerca de la competencia sobre asuntos concretos, siempre que se admita que el título de intervención de los monarcas en materia eclesiástica es la concesión de privilegios por parte de la Santa Sede. Estos conflictos sobre competencias acerca del gobierno eclesiástico se complican con cuestiones de política internacional, como consecuencia de la condición de soberano temporal del papa, que se ve envuelto en el juego de conflictos y alianzas. En todas estas tensiones la diplomacia desempeña un papel importante: los monarcas acreditan embajadores ante la Santa Sede y el papa envía nuncios a los diversos estados. Se estipulan también concordatos entre el Romano pontífice y los monarcas católicos.

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Fuente:
Derecho eclesiástico del Estado español, José M. González del Valle, Pedro Lombardía, Mariano López Alarcón, Rafael Navarro Valls y Pedro Juan Viladrich. Páginas 71-72.