lunes, 11 de marzo de 2013

Crisis del prestigio del papado



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La derrota de Bonifacio VIII ante Felipe el Hermoso de Francia no es, en definitiva, más que un episodio; lo importante es que en 1309, apenas siete años después de la promulgación de la bula Unam Sanctam, los papas tendrían que instalarse en Aviñón, lejos de su sede romana y en circunstancias poco propias para mantener su independencia, en relación con la poderosa monarquía francesa.

Cuando en 1377, con Gregorio XI, vuelve el papado definitivamente a Roma, este retorno daría ocasión al desencadenamiento del Cisma de Occidente (1378-1417), durante el que dos e incluso tres presuntos papas simultáneos llenarían de perplejidad a una Europa que disputaba por la identificación misma de su cabeza espiritual.

Finalmente en 1417, gracias en definitiva a la tenacidad del Emperador Segismundo, se supera el cisma y es universalmente aceptado como único Romano Pontífice el entonces elegido Martín V; pero hay que tener en cuenta que la solución surge en un sínodo, que actuó basándose en las doctrinas conciliaristas, es decir, en la puesta en tela de juicio del primado espiritual del Papa, al considerar su poder subordinado al de un Concilio que representara a la Iglesia.

Restablecida la unidad del papado y pasado a segundo término el clima conciliarista -que habría de manifestarse muy crudamente en el planteamiento mismo del Concilio de Basilea (iniciado en 1431)-, quedará siempre en pie el ansia de una reforma de la Iglesia, que a los santos parecía una necesidad religiosa y a los príncipes, además, un inaplazable problema político y que, sin embargo, los papas no se sintieron con voluntad o con fuerza para acometer durante más de un siglo. En lo fundamental, la Iglesia Católica no se enfrentó definitivamente con el problema de su reforma hasta el Concilio de Trento (1545-1563), cuando ya una cadena de papas, más preocupados por las novedades culturales del Renacimiento y por los problemas de la política italiana, apenas si se habían dado cuenta de que se les había separado la mitad de la Iglesia, como consecuencia de la reforma luterana.

Demasiados acontecimientos luctuosos en dos siglos tristes del papado. Si el prestigio de los papas desde Gregorio VII explica en buena parte la influencia de la Iglesia en el orden medieval, la pérdida de este prestigio fue demasiado grande en este otro momento clave de la historia, para que les fuera posible oponerse con eficacia al creciente poderío de los príncipes temporales.

Fuente:
Derecho eclesiástico del Estado español, José M. González del Valle, Pedro Lombardía, Mariano López Alarcón, Rafael Navarro Valls y Pedro Juan Viladrich. Páginas 60-61.