sábado, 9 de marzo de 2013

La crisis del orden medieval y el nacimiento del Estado moderno



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El pontificado de Bonifacio VIII (1294-1303) significa un claro punto de inflexión en la evolución histórica de las relaciones entre poder espiritual y poder temporal.

Bonifacio VIII

Este paradójico pontificado, desde el punto de vista doctrinal significa la culminación del proceso que llevó a la interpretación del dualismo gelasiano en la que se afirmaba de manera más rotunda la superioridad del poder espiritual sobre el temporal. La referencia que acabamos de hacer del contenido doctrinal de la bula Unam Sanctam, promulgada el 28 de noviembre de 1302, nos lo ha mostrado de manera evidente.

Sin embargo, en el orden práctico, Bonifacio VIII sufrió una clara derrota en su conflicto con Felipe el Hermoso de Francia, batalla para la que la famosa bula fue escrita como afirmación de las razones del papa frente a las del rey. La bula Unam Sanctam no fue obedecida en la concreta circunstancia para la que se redactó, y las formulaciones ulteriores de la doctrina que en ella se exponía, serán en los documentos de todos sus sucesores en la Sede de Pedro, mucho más matizadas.

Y es que en los comienzos del siglo XIV, cuando tuvieron lugar estos hechos, se advierten ya las iniciales bases de una tendencia histórica de progresivo afianzamiento de la supremacía del poder temporal sobre el espiritual, que llega hasta nuestros días, y en el que se pueden detectar dos distintas etapas: Una, en la que se acepta el principio del dualismo gelasiano, aunque interpretado en la práctica de suerte que el poder temporal pudiera ejercer una efectiva supremacía sobre el espiritual; esta etapa se prolonga hasta la crisis de las monarquías católicas absolutas en las revoluciones del siglo XVIII y encuentra aun una residual continuación en los Estados confesionales de la época del constitucionalismo e incluso en determinadas explicaciones de las relaciones pacticias Iglesia-Estado de nuestro tiempo. Otra, que lleva pura y simplemente a la negación de las bases mismas del dualismo gelasiano, en cuanto que el poder temporal se afirma como el único principio del gobierno de los hombres y considera a los grupos religiosos como entidades legales o ilegales, dignas de represión o de respeto e incluso de protección; pero ello, porque así se deduce de los principios en los que el poder temporal basa su política -al margen de cualquier criterio religioso-; no porque considere que su poder esté compartido con el espiritual, en virtud de la ordenación divina.

Para comprender esta evolución es necesario tener en cuenta, en primer lugar, que aunque cabe hablar de las dos etapas sucesivas a las que acabo de aludir, el proceso histórico que las explica es de alguna manera único, en la medida en que los indicios de nuevos planteamientos que encontramos en la historia de Europa durante los siglos XIV, XV y XVI, no son sólo antecedentes de la primera de las aludidas etapas, sino que también algunos de ellos constituyen raíces profundas de la segunda.

Y, por supuesto, hay que tener en cuenta que la protagonista de estas fases de la evolución no fue la Iglesia, que continuaría afirmando los fundamentos inmutables de su doctrina, aunque hubiera de matizarla en sus formulaciones, de manera adecuada a las cambiantes circunstancias de los tiempos. El protagonista de este proceso histórico es el poder temporal, que se configura para su ejercicio en una forma histórica concreta. En realidad, las aludidas etapas de la evolución de las relaciones entre poder espiritual y poder temporal coinciden con la historia de la preparación, nacimiento y desarrollo de una forma concreta de organización política, a cuya crisis hoy intuimos confusamente que estamos asistiendo: el Estado moderno.

Ante la imposibilidad de desarrollar con detalle cada uno de los pasos de este apasionante proceso histórico, nos limitaremos ahora a señalar a grandes rasgos, los datos históricos y doctrinales que explican el paso del orden medieval de relaciones entre poder espiritual y temporal, al planteamiento moderno de la política de los Estados en materia religiosa.

Fuente:
Derecho eclesiástico del Estado español, José M. González del Valle, Pedro Lombardía, Mariano López Alarcón, Rafael Navarro Valls y Pedro Juan Viladrich. Páginas 58-60.