sábado, 2 de febrero de 2013

Religión y política en el Imperio romano (siglos I-III)



Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

Roma, a lo largo de su dilatada historia, había llegado a una síntesis de la visión de los problemas religiosos, típica de la antigüedad, que le había permitido integrar a los cultos, al servicio de su ingente empresa de incorporar a todo el orbe -el mundo entonces conocido- en una estructura política unitaria.

Religion e Imperio romano

- La religión en Roma durante el imperio de Augusto


Durante el imperio de Augusto -marco histórico del nacimiento de Jesucristo en Belén de Judá- la religión de Roma, conservando su politeísmo tradicional, tenía al propio emperador, no sólo como Pontífice Máximo (supremo grado sacerdotal), sino como una de las divinidades que reclamaban adoración. Con una visión abierta de las divinidades de los pueblos conquistados, que de este modo se ligaban religiosamente al Imperio, el cual respetaba sus cultos antiguos y les imponía junto a ellos la adoración del emperador.

Esta fórmula política religiosa estaba necesariamente llamada a entrar en colisión con cualquier religión monoteista. Chocó de hecho con el judaísmo, basado en la adoración del único Dios de Abraham, de Jacob y de Moisés, y entraría en grave conflicto con los cristianos (adoradores también del mismo Jesucristo, Hijo de Dios hecho hombre, que era necesario dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios (Mt. 22, 21; Marc. 12, 17; Luc. 20, 25).

Esta enseñanza evangélica, verdadero lugar común de cuanto se ha escrito sobre el tema, es expresión de un nuevo planteamiento de las relaciones entre lo político y lo religioso.

El reino predicado y convocado por Cristo, tal como lo vemos reflejado en los textos del Nuevo Testamento y de modo especial en las parábolas recogidas en el Evangelio del Apóstol Mateo, no es sólo escatológico, aunque tendrá una consumación ultraterrena; sino que está llamado a desarrollarse en este mundo, de manera externa y visible, con fines exclusivamente espirituales y con total independencia de los gobernantes de la ciudad terrena.

- Las comunidades cristianas anteriores al siglo IV


Y, en efecto, la naciente Iglesia comienza a verse bien pronto concretada en una constelación de comunidades, que van surgiendo en los principales núcleos urbanos del Imperio, como una comunión de iglesias (conjunto de comunidades), que se presenta unida, organizada y compacta, netamente distinguida del judaísmo. No es el momento de detenernos a describir la organización jerárquica de las comunidades cristianas anteriores al siglo IV; baste señalar que esta organización existía y al frente de ella estaban, en cada iglesia local el obispo y, como principio y fundamento de la unidad en la comunión de todas las iglesias, ejercía un primado universal el Obispo de Roma, sucesor del Apóstol Pedro en la función de cabeza de la iglesia local de la capital del Imperio.

Los jerarcas de la primitiva Iglesia ejercen sus funciones, al frente de comunidades reunidas fundamentalmente para oír la palabra de Dios y celebrar la Eucaristía, sin inmiscuirse para nada en las funciones de las magistraturas del Imperio, a las que los cristianos aprenden en los textos del Nuevo Testamento que deben estar sometidos y obedecer, pero a las que no se les reconoce función alguna en la vida interna de las comunidades. Y, por supuesto, los cristianos deben obedecer al emperador, pero no pueden adorarlo.

- La revolución cristiana de la soberanía o dualismo del cristianismo


Aquí está el germen de la llamada -con evidente anacronismo terminológico- revolución cristiana de la soberanía o -con más propiedad- dualismo del cristianismo: la consideración de una doble organización del gobierno de los hombres, una para los asuntos religiosos y otra para las cuestiones temporales, una para las cosas de Dios y otra para las del César, una la eclesiástica y otra la del Imperio.

- Las persecuciones: ilegalidad de los cristianos durante un tiempo ante el Derecho romano


Esta actitud de la Iglesia, que tan fuertemente contrastaba con la aludida concepción romana del culto religioso en el Imperio, habría de resultar sospechosa a los conciudadanos paganos, a quienes no sorprendió demasiado que los cristianos fueran considerados "ateos", en cuanto que rechazaban los cultos tradicionales, y que la Iglesia fuera considerada una secta ilícita, perseguida por las autoridades romanas, hasta el extremo de que los fieles podían ser condenados a muerte por no aceptar los cultos oficiales del Imperio.

Esta legislación persecutoria sufrió diversas modificaciones en un progresivo endurecimiento, pero fue aplicada con intermitencias en el tiempo y con diferencias de intensidad en los distintos lugares, como consecuencia de la falta de unidad de criterio al respecto de los emperadores y de los funcionarios imperiales con competencias territoriales. Los períodos en que esta legislación se aplicó con rigor en todo el Imperio o en determinadas áreas geográficas se denominaron persecuciones.

Sobre la base de este planteamiento, los cristianos, viven durante el último tercio del siglo I y durante los siglos II y III en una situación de ilegalidad con respecto al Derecho romano; sin embargo, parte de su organización se acoge a la normativa vigente, con el fin de legalizar algunas de sus reuniones o resolver problemas relativos a la titularidad de los bienes afectos a la consecución de fines eclesiásticos. Las prohibiciones legales no impiden que la Iglesia se extienda con rapidez y que consiga fieles en los más diversos lugares geográficos y en las distintas clases de la sociedad. Los fieles son impulsados por su fe al estricto cumplimiento de los deberes ciudadanos; sin embargo, como quiera que los principios cristianos están con frecuencia en pugna con el ambiente pagano en el que se basa la convivencia, surge entre los miembros de la naciente Iglesia un cierto clima de abstencionismo político.

----------

Fuente:
Derecho eclesiástico del Estado español, José M. González del Valle, Pedro Lombardía, Mariano López Alarcón, Rafael Navarro Valls y Pedro Juan Viladrich. Páginas 40-42.