martes, 5 de febrero de 2013

La Iglesia de Occidente después de Constantino. La formulación del dualismo gelasiano



Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

El signo de la evolución de la Iglesia de Occidente, en sus relaciones con el poder imperial, está fundamentalmente representado por la actitud de los Obispos de Roma, cabezas de la Iglesia Universal. Una serie de circunstancias históricas facilitan que el cristianismo occidental quede prácticamente al margen del sistema del Cesaropapismo. Ya en tiempos de Constantino el papel de la ciudad de Roma, durante siglos capital del Imperio, había perdido toda su importancia política. Los emperadores dejaron de residir en ella y poco a poco la dirección del Imperio se fue desplazando a Oriente, a Constantinopla. Cuando a la muerte de Teodosio I se consuma la división entre el Imperio Romano de Oriente y el de Occidente, los emperadores occidentales apenas si conservan un poder cada vez menor que, cuando el caudillo Odoacro depone en el año 476 al último emperador de Occidente Romulo Agustulo, es prácticamente inexistente.

Iglesia en Roma

Ello facilita a los Papas, en su sede romana, tener una gran independencia y, desde ella, tratar de limitar los excesos cesaropapistas de Oriente. En este contexto, no muchos años después de la caída definitiva del Imperio occidental, Gelasio I formulará las primeras exposiciones oficiales hechas por un papa, del dualismo cristiano. Se ha hecho particularmente famosa una carta de este Papa dirigida al emperador de Oriente Anastasio I el año 494, en la que se contiene un texto especialmente significativo: "Hay dos principios, Emperador Augusto, por los cuales principalmente se rige el mundo: la autoridad sagrada de los pontífices y la potestad real".

Con estas palabras, que constituyeron un eco de la distinción evangélica entre las cosas que son del César y las que son de Dios, se establece el principio de la existencia de dos poderes. Al de la Iglesia, dirigido a las materias religiosas, en cuanto que creyentes, están sometidos los mismos príncipes temporales. Al respecto, el Papa Gelasio se expresaba en el citado documento, dirigido como hemos recordado al emperador, con meridiana claridad: "Tu sabes, en efecto, hijo clementísimo, que la dignidad te sitúa por encima del género humano, sin embargo, inclinas sumisamente la cabeza ante los encargados de las cosas divinas, y para recibir los sacramentos celestiales, que ellos disponen como conviene, debes, según las reglas de la religión, someterte antes que dirigir". Y ello, sin perjuicio del deber de obediencia que tienen incluso los dignatarios eclesiásticos, por la misma voluntad divina, a los que rigen los asuntos temporales: "Si en efecto -escribía Gelasio en la misma carta-, en lo que respecta a las reglas del orden público, los jefes religiosos admiten que el Imperio te ha sido dado por una disposición superior y obedeciendo ellos mismos a tus leyes, no quieren, al menos en los asuntos de este mundo, parecer ir contra tus decisiones irrevocables ¿qué te prohibe obedecer a los que tienen capacidad para distribuir las venerables órdenes sagradas?".

El principio dualista, formulado en estos textos por Gelasio, implica un planteamiento de las relaciones entre orden espiritual y orden temporal, cuya realización se intentará trabajosamente a lo largo de los siglos, entre desviaciones continuas que rompen en la práctica el difícil equilibrio que implica. A tal problema nos referiremos a continuación, en una exposición que ahora tendrá como objeto exclusivamente el mundo Occidental, verdadero centro de la Historia en las próximas centurias.

Interesa, sin embargo, destacar desde ahora que el modo práctico que propone la Iglesia desde Gelasio para delimitar el orden espiritual del temporal implica, no sólo que la Iglesia se estructure, de acuerdo con su condición de Reino de Dios en la tierra, como una sociedad jerárquicamente organizada, en cuyos dignatarios reconozcan los fieles a sus maestros, sacerdotes y pastores en lo que atañe a la vida religiosa; sino además, que el poder de los que rigen la Iglesia sea reconocido por quienes detentan el poder temporal, no sólo como un hecho, sino como algo derivado de la voluntad de Dios, con la consiguiente aceptación de la incompetencia que supone entender que hay asuntos que corresponden en exclusiva al otro principio -el eclesiástico-, de los dos por los que se rige el mundo, según la vigorosa expresión del Papa Gelasio.

Quizás no sea inútil, a efectos didácticos, insinuar -dando un enorme salto en la Historia- la diferencia radical que existe entre esta doctrina y los planteamientos sobre los que suele basarse en nuestros días el Derecho eclesiástico de los Estados democráticos. El poder temporal no lo detenta ahora un príncipe creyente, que debe aceptar por serlo -le agrade o no, espontáneamente o con las mayores resistencias- que hay otro poder, querido por Dios, único competente para las cuestiones espirituales; sino que lo detenta una entidad abstracta -el Estado- que además se proclama frecuentemente agnóstica; es decir, ajena a cuanto atañe a las cuestiones religiosas y, por tanto, al fundamento mismo del dualismo gelasiano. Ahora el Estado entiende que su competencia es ilimitada, extendible a cualquier materia que afecte al orden de la sociedad, aunque se trate de asuntos relacionados con la experiencia religiosa de los ciudadanos, los cuales sí, tienen derecho a la libertad religiosa, pero no en virtud de la ordenación divina, sino sobre la base del modo de entender la libertad que brota de los fundamentos agnósticos del orden secular.

Sin embargo, para que esta contraposición que acabamos de plantear sea siquiera pensable, habrán de transcurrir casi trece siglos. En los períodos a que nos hemos de referir a continuación, las bases últimas del dualismo gelasiano ni siquiera de discuten. Las polémicas y las luchas versarán -aceptado por todos que existen dos principios que rigen el mundo- sobre la determinación de las concretas competencias del poder espiritual y del poder temporal y acerca de cómo deben discurrir en la práctica las relaciones entre ambos.

Fuente:
Derecho eclesiástico del Estado español, José M. González del Valle, Pedro Lombardía, Mariano López Alarcón, Rafael Navarro Valls y Pedro Juan Viladrich. Páginas 45-47.