viernes, 8 de febrero de 2013

El Derecho Canónico clásico



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El fortalecimiento del pontificado que se produjo como consecuencia de la actuación de Gregorio VII, habría de hacer posible una empresa que tuvo extraordinarias consecuencias en las relaciones entre poder temporal y poder espiritual: la formación del Derecho Canónico clásico.

Un Derecho Canónico existe desde los comienzos mismos de la Iglesia y fue una clara expresión de su concreción histórica como sociedad externa, jerárquica, visible, aunque con origen y fin sobrenaturales. Los textos del Nuevo Testamento contienen los principios fundacionales, a partir de los cuales se ha ido desarrollando la sociedad eclesiástica. Las costumbres de las comunidades constituyeron una fuente fundamental del Derecho de la Iglesia primitiva. Los primeros concilios se reunieron antes de la paz constantiniana y se ocuparon, no sólo de cuestiones de doctrina, sino también de asuntos disciplinares, estableciendo reglas de Derecho para el buen orden de las comunidades. Entre los concilios, tendrán particular importancia los ecuménicos, el primero de los cuales se reúne -ya lo sabemos- en Nicea, el año 325; las decretales de los papas, documentos que reflejan las disposiciones de los obispos de Roma, en el ejercicio de su función de gobierno sobre la Iglesia universal, comienzan a dictarse en los primeros siglos.

Los textos en que se formularon estas normas constituyen el fundamental contenido de las numerosísimas colecciones canónicas, generalmente obra de recopiladores privados, que se elaboran entre los siglos IV y XI, tanto en Oriente como en Occidente, al principio concebidas con un criterio cronológico, más tarde con una sistemática más o menos elaborada.

Lo que la Iglesia no tuvo hasta el siglo XII fue un cuerpo de Derecho actual, completo, unitario y coherente, que se aplicará en todo el Occidente cristiano. Este papel estaba reservado a las grandes colecciones del Derecho Canónico clásico, que constituyen las fuentes de conocimiento de un sistema jurídico de importancia excepcional, que surge entre el final de la primera mitad del siglo XII y el segundo decenio del siglo XIV.

Un conjunto de circunstancias históricas hicieron posible el Derecho Canónico clásico. Ante todo el afianzamiento del poder del papado, como consecuencia de la reforma gregoriana, daría a los pontífices romanos una autoridad, que les permitió asumir el papel, no sólo de dirección de la Iglesia, sino de fundamentales legisladores de la Europa cristiana. Por otra parte, la recepción del Derecho romano proporcionaría un bagaje técnico, al servicio de la tarea creadora del Derecho Canónico medieval. Finalmente, el nacimiento de las Universidades y su cultivo en ellas del Derecho Canónico facilitaría la difusión de la legislación pontificia y crearía el clima cultural en el que se desarrollaría la tarea científica de los canonistas.

Con estos presupuestos, el movimiento de elaboración del Derecho Canónico clásico se concretaría, ante todo, en la formación de cuatro fundamentales colecciones canónicas.

La primera de ellas, la "Concordia de los cánones discordantes", conocida generalmente como el "Decreto", fue fruto de la labor privada de un monje-profesor italiano llamado Graciano que enseñaba en un monasterio de Bolonia. Concluyó su labor hacia 1140. Graciano concibió el proyecto de unificar todos los materiales canónicos anteriores a él, fruto de XI siglos de elaboración histórica, pero no limitándose a recogerlos, sino explicando su sentido y superando sus antinomias.

El resultado de su tarea fue un impresionante volumen, estructurado de acuerdo con una compleja y original sistemática, integrado por multitud de textos de concilios, decretales pontificias, fragmentos de obras de Padres de la Iglesia, textos de Derecho Romano justinianeo, etc., enhebrados en las explicaciones del maestro, que dan unidad al conjunto y constituyen en su totalidad un cuerpo de doctrina, en realidad la primera gran obra doctrinal de la Ciencia Canónica.

La obra de Graciano, sin necesidad de ningún refrendo oficial, se impuso por su propia utilidad y autoridad en la enseñanza universitaria y en la práctica forense, provocando el olvido de todas las anteriores colecciones canónicas. Gracias a ella contó el Derecho Canónico con una síntesis de XI siglos de tradición, adaptada a las necesidades del momento.

Sobre la base de este sólido pilar, el resto de la tarea de formación de las colecciones canónicas clásicas consistió en recopilar los textos del Derecho nuevo; es decir, las decretales de los papas y los cánones de los concilios generales de la época.

Prescindiendo de otras colecciones de función histórica efímera, la primera gran colección de decretales posteriores al Decreto de Graciano fue promulgada por Gregorio IX en 1234. Se la conoce habitualmente por el título abreviado "Decretales de Gregorio IX". Este monumental Código, en torno al cual habría de girar la ciencia canónica desde su promulgación hasta la codificación de 1917, aunque estaba integrada por fragmentos de decretales y cánones de concilios, tenía una cuidada sistemática y se concibió como un cuerpo legal unitario. El artífice de esta colección, en su aspecto técnico, fue el jurista catalán Raimundo de Peñafort.

La ininterrumpida promulgación de decretales pontificias hizo necesarias nuevas recopilaciones, a manera de apéndices del gran código de Gregorio IX. Así, en 1298, Bonifacio VIII promulgó su "Libro Sexto" y en 1317, Juan XXII publicaría las "Decretales Clementinas", que se habían preparado en el pontificado de su antecesor Clemente V.

El Decreto de Graciano, las Decretales de Gregorio IX, el Libro IV de Bonifacio VIII y las Decretales Clementinas constituyeron el conjunto de textos legales del Derecho Canónico clásico, el otro Corpus, continuamente comparado con el Corpus Iuris Civilis de Justiniano que, según un uso del que ya hay constancia a comienzos del siglo XV, se denominó Corpus Iuris Canonici. El Corpus canónico aún sería completado en los años 1500 y 1503, gracias a la elaboración por el jurista de París Juan Chappius de dos tardías colecciones de decretales más (las "Extravagantes comunes" y las "Extravagantes de Juan XXII"), ambas modestas de contenido, ya que los textos que las integran corresponden a un momento histórico en que la actividad legislativa de los papas había decaído mucho.

En este época florecen también grandes escuelas de canonistas, que según los métodos de la época -primero la glosa y después el comentario- trabajaron sobre las colecciones del Corpus Iuris Canonici, especialmente sobre las Decretales de Gregorio IX, y serían, junto a sus colegas romanistas, los artífices de la gran ciencia jurídica medieval.

Fuente:
Derecho eclesiástico del Estado español, José M. González del Valle, Pedro Lombardía, Mariano López Alarcón, Rafael Navarro Valls y Pedro Juan Viladrich. Páginas 51-53.