domingo, 3 de febrero de 2013

De la gran persecución al Cesaropapismo



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La situación cambia radicalmente en los primeros decenios del siglo IV. Al comenzar este siglo la difusión del cristianismo era ya bastante amplia, sobre todo en Oriente, con el consiguiente problema político que significaba su ilicitud y la vigencia teórica de una legislación persecutoria, en aquel momento universalmente en desuso.

Busto de Diocleciano

El Emperador Diocleciano, al parecer influido por Galerio, trató de resolver el problema mediante la violencia, desencadenando su gran persecución, que comenzó con una depuración del ejército, donde al parecer los cristianos eran ya bastante numerosos, y continuó con una serie de cuatro edictos, de rigor creciente, promulgados entre febrero del año 303 y marzo del año 304, el último de los cuales imponía la muerte a cualquier cristiano que rehusase sacrificar a los ídolos. Las medidas de Diocleciano se aplicaron con desigual intensidad en los distintos lugares del Imperio, pero el rigor fue notable en bastantes regiones de Oriente y en algunos lugares de Occidente, como España, ocasionando un número elevado de mártires. En todo caso, la gran persecución demostró la imposibilidad de resolver el "problema cristiano" mediante la violencia.

A comienzos del segundo decenio de este siglo se abrirá paso un nuevo planteamiento. Una serie de edictos establecen la tolerancia de los cristianos. El primero de ellos fue promulgado el año 311 por Galerio, quien reconoció públicamente el fracaso de la política persecutoria. El edicto de Milán, promulgado el año 313 por Constantino y Licinio, establece "que a nadie se niegue licencia para seguir o elegir la observancia de la religión Cristiana, sino que sea lícito a cualquiera adopta la religión que estime debe seguir". El edicto establece también que sean devueltos a los cristianos los lugares de culto y bienes anteriormente confiscados.

En una evolución paulatina, sólo interrumpida por algunos paréntesis (Juliano el Apóstata y algún otro emperador), el poder imperial tiende a favorecer a la Iglesia. El año 380 Teodosio I, mediante el edicto "Cunstos populos" declara al cristianismo religión del Imperio, iniciándose una nueva política religiosa, como consecuencia de la cual quedaron en una situación de inferioridad legal las religiones paganas y las sectas del cristianismo surgidas del desarrollo de las herejías.

Dada la importancia del papel que estaba reservado al cristianismo en la historia de Occidente, se comprende la extraordinaria significación de estos edictos, de tolerancia de la Iglesia primero y de reconocimiento después como religión oficial del Imperio Romano. Esta significación es unánimamente admitida por los historiadores. En algunos sectores de la doctrina tal valoración no está exenta de retórica. Se ha hablado así con frecuencia, en los últimos años, de una "Era constantiniana", caracterizada por el enfeudamiento de la Iglesia a los poderes temporales, que tendría su inicio en el Edicto de Milán y de la que trabajosamente estaríamos saliendo en nuestros días. La época anterior se caracterizaría por la autenticidad de la Iglesia; a este fin, se destaca el hecho evidente de que en los primeros tres siglos la acción del cristianismo se llevó a cabo sin ningún respaldo del Derecho romano y se soslaya, como dato a tener en cuenta a efectos de la valoración del período, el impresionante dato de las persecuciones. No faltan, sin embargo, interpretaciones más matizadas, que utilizan también la expresión "Era constantiniana".

Parece, en todo caso importante señalar que estos edictos, y sobre todo el clima político que los inspiró, colocaron a la Iglesia en una situación diversa, en orden a la realización histórica del ideal evangélico tendente a distinguir el orden temporal (del César) y el orden espiritual (de Dios).

Si hasta el año 313 las dificultades para la realización de este planteamiento consistieron fundamentalmente en los obstáculos que las persecuciones supusieron para que la Iglesia pudiera desarrollar con libertad su misión religiosa y su organización jerárquica interna para el régimen de las cuestiones espirituales, a partir de Constantino, y sobre régimen de las cuestiones espirituales, a partir de Constantino, y sobre todo desde Teodosio, el riesgo fue de signo contrario: la Iglesia, protegida por los emperadores en el cumplimiento de su misión espiritual quedaría sometida a la amenaza de instrumentalización al servicio de los fines temporales, a cuya consecución se dirigía fundamentalmente el poder imperial. Esta instrumentalización, por otra parte, sólo fue posible mediante una ingerencia de los emperadores en los asuntos más estrictamente eclesiásticos. Por ello, si bien considerar el año 313 como el que divide la historia de las relaciones entre lo espiritual y lo temporal en dos únicos períodos (pre-constantiniano y constantiniano) supone una excesiva simplificación, sí puede afirmarse que esta fecha señala, no sólo el fin de las persecuciones de los cristianos, sino también el inicio de un sistema histórico de relaciones entre el poder político y la Iglesia, conocido con el nombre de Cesaropapismo.

Para comprender bien los perfiles de este sistema, más realizado en la práctica que formulado programáticamente, que marcó el destino histórico del cristianismo de Oriente, es necesario fijar la atención sobre el papel que los emperadores cristianos desempeñaron en relación con la vida de la Iglesia.

Ya Constantino, que probablemente no se bautizó hasta la hora de su muerte, se consideraba "obispo exterior" de la Iglesia e inició la transformación del Derecho romano para atemperarlo hasta cierto punto a la moral cristiana. Pero sobre todo, Constantino se interesó personalmente por cuestiones de índole dogmática y disciplinar de la Iglesia, hasta el extremo de convocar personalmente el primer Concilio de la serie de los ecuménicos: el I Concilio de Nicea, celebrado en el año 325.

Para entender la aceptación, por parte de la Iglesia, de tan intensa tutela e intervención del emperador, que tan gravemente habría de comprometer su futura independencia en Oriente, no faltan elementos de juicio; desde los técnicos -difícilmente podía alguien que no fuera el propio Constantino, resolver los problemas materiales que, dadas las comunicaciones de la época, implicaba reunir a un elevado número de los Obispos de Oriente y una reducida representación de los de Occidente, hasta los de orden psicológico: no parecía, en efecto, lógico, que unos obispos que habían visto a los emperadores que les perseguían como autoridades investidas de una potestad proveniente de Dios, regatearan la sumisión a los Césares cristianos, que reconocían el origen divino de su poder y lo utilizaban para proteger a la Iglesia.

La realidad histórica es que la Iglesia en Oriente se desarrolla a partir de Constantino y particularmente después de la legislación de Teodosio, protegida, pero también intensamente controlada por los emperadores, que construyen con su "Cesaropapismo" el primer gran sistema de relaciones de la Iglesia con el poder temporal, en el que, si bien la organización eclesiástica se distingue realmente de la estatal, de suerte que siempre cabe hablar de dualismo -dos poderes-, el poder imperial dicta leyes sobre materias eclesiásticas, nombra dignatarios eclesiásticos, convoca concilios, resuelve pleitos disciplinares eclesiásticos e incluso se inmiscuye en cuestiones dogmáticas.

El fenómeno del Cesaropapismo imperial no es ajeno a las frecuentes tensiones entre las Iglesias orientales y los Papas de Roma. Estas tensiones conocen un punto verdaderamente álgido, durante la segunda mitad del siglo IX, con ocasión del conflicto entre el Papa Nicolás I y Focio, en relación con la titularidad de la Sede Patriarcal de Constantinopla. Desembocaron finalmente en la separación definitiva de Roma, en el año 1054, mediante el Cisma del Patriarca de Constantinopla Miguel Cerulario. Después del cisma, el sistema siguió vigente hasta la caída del Imperio Romano de Oriente en el siglo XV y marcó a la Iglesia Ortodoxa con una actitud de habitual docilidad al poder temporal, que aún se advierte en nuestros días.

Fuente:
Derecho eclesiástico del Estado español, José M. González del Valle, Pedro Lombardía, Mariano López Alarcón, Rafael Navarro Valls y Pedro Juan Viladrich. Páginas 42-45