domingo, 13 de enero de 2013

La Iglesia medieval



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Tras el renacimiento carolingio y el posterior proceso de degradación de la realidad política europea, se produjo un acercamiento entre la Iglesia y el Imperio, con un claro predominio de éste sobre aquélla. Al  final del milenio y a principios del siglo XI la Iglesia adquirió mayor relevancia asumiendo funciones políticas y sociales.

La función política, consistente en reafirmar su supremacía frente al Estado, ha quedado perfectamente plasmada en las palabras de san Agustín (354-430): "El reino de Dios, representado en esta tierra por la Iglesia, procede de Abel, mientras que el Estado laico desciende de Caín; por ello, este último no hará lo que le es propio, sino que su destino es realizar los designios de aquél." La Iglesia adquirió rápidamente un estatus privilegiado: los obispos se convirtieron prácticamente en funcionarios públicos y acabaron, no sólo controlando a los magistrados imperiales, sino también asumiendo competencias que eran propias de éstos como la imposición de las tasas, la conservación de los edificios públicos, de los acueductos y de las calles. Todo ello, al suponer una intromisión de la Iglesia en los asuntos del Estado, consiguió reforzar su impronta en la decadente organización político-administrativa del Imperio.

La función social, mucho más trascendente y beneficiosa, consistía en transformar moralmente a la sociedad, ya fuera pagana o bárbara, creando una nueva comunidad cristiana. La Iglesia reformó la institución de la familia mediante la introducción del matrimonio religioso; consiguió que el Estado aprobara el calendario eclesiástico, el descanso dominical y las resoluciones de los concilios; proclamó la abolición de la esclavitud; dignificó el trabajo manual y, finalmente, realizó obras de carácter benéfico.

Aunque ciertamente el papado ganó la guerra contra el Imperio ampliando considerablemente su esfera de poder secular, la consolidación de la soberanía papal sobre cualquier autoridad estatal acabó, a finales del siglo XIII, chocando contra realidades políticas emergentes, los reinos nacionales. De forma especial, el encuentro entre Bonifacio VIII y Felipe el Hermoso, rey de Francia, se saldó con un histórico fracaso para el papado y condenó al pontífice a exiliarse a Aviñón (cautiverio aviñonés) por un período de setenta y cinco años.