lunes, 14 de enero de 2013

El Derecho canónico



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La Iglesia, en definitiva, ha constituido uno de los polos de la reflexión teórica, política y constitucional del medioevo. A su vez, en el curso de su existencia bimilenaria, la Iglesia ha desarrollado su propio ordenamiento jurídico, el derecho canónico (del griego canon, "regla"), que se contrapone al derecho natural y al derecho positivo. El primero, común a todos los hombres, refleja el orden universal impuesto por Dios. Por su parte, el derecho positivo está integrado por unas normas específicas establecidas mediante revelación divina (contenidas en el Antiguo y en el Nuevo Testamento) o por aquellas normas que la tradición de la Iglesia atribuye a la revelación divina, aunque no se encuentren de modo explícito en las escrituras sagradas.

Dios es la fuente exclusiva del derecho canónico (natural y positivo) y, por lo tanto, la Iglesia sólo se limita a difundirlo y a interpretarlo; por el contrario, la fuente principal del derecho positivo es el papa. El derecho humano positivo está subordinado al derecho divino, al que no puede nunca oponerse. La Iglesia considera que el derecho humano positivo está situado al mismo nivel que el derecho del Estado. De hecho, en la época del derecho común (a partir del siglo XIII) se pueden encontrar notables influencias recíprocas entre el derecho canónico y el derecho civil, hasta el punto de coincidir la figura del jurista ideal con la del doctor in utroque, es decir, el experto en ambos derechos. La influencia del derecho canónico fue decisiva en diversas materias, pero sobre todo en lo concerniente al régimen de la prueba.

Según una acepción moderna, se define como derecho eclesiástico a aquel derecho producido por el Estado con el fin de regular la vida jurídica de las confesiones religiosas. Por lo tanto, el derecho eclesiástico es una mera rama del derecho público, fruto de un concordato entre el Estado y la Iglesia.